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Somos ingobernables

Una de las explicaciones de la alta conflictividad radica en la costumbre política de los actores sociales

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:50 / 06 de junio de 2013

Somos ingobernables”, así reza un grafiti pintado por la movida libertaria en los muros de varias ciudades de Bolivia. Constato en esa inscripción una cultura política ambivalente. Por una parte, se valoriza el arte de la contestación y conflicto: “desengáñense (dice el grafiti), nunca seremos sometidos al poder y a la disciplina”. Por otra parte, esa misma frase puede ser leída como la evidencia de un fracaso colectivo de nuestras instituciones: “nunca, nunca podremos cambiar nuestro —trágico— modo de ser”. 

Sea como fuese, una de las explicaciones de la alta conflictividad boliviana radica en el habitus o costumbre política de los actores sociales, urbanos o rurales, que cuentan con sorprendentes capacidades de organización, movilización y veto. Se trata, en suma, de una cultura política que puede ser definida como un conjunto de disposiciones adquiridas y comunes a los actores sociales y que son moduladas mediantes reglas no escritas.

El elemento estructurador de esta cultura es el lenguaje político: hiperbólico, virulento y agresivo. La categorización negativa del Otro, su estigmatización, es una forma de violencia simbólica muy frecuente en Bolivia y muy peligrosa, porque precede y justifica la violencia física y la criminalización de la protesta, sobre todo cuando está ejercida desde el Estado y aparece como legítima. Los estereotipos, las categorizaciones adversativas del Otro (“derechistas”, “traidores”, etc.) y el miedo a la diferencia son parte de los marcos simbólicos y psicológicos que suelen exacerbar o incluso propiciar el conflicto. Pero los discursos y símbolos basados en el estigma y la deshumanización del Otro no son gratuitos, forman parte de la construcción del enemigo político, el enemigo que debe ser neutralizado o destruido.

Otro de los rasgos dominantes de la cultura del conflicto en nuestro país es el recurso ab initio de medidas de presión como las marchas, bloqueos, paros, huelgas de hambre, crucifixiones, etc. La visibilización del conflicto se produce, primero, por medio de un discurso agresivo y desafiante y, luego, por medio de las medidas de presión y contra-presión que asumen los actores en función de sus recursos de poder. Esta estrategia permite, ciertamente, posicionar rápidamente la demanda en la agenda política y mediática, pero se convierte en una traba en la fase de resolución, porque supone una cristalización temprana de las posiciones que clausura las opciones de negociación y crea las condiciones para el enfrentamiento violento. 

El conflicto no es bueno ni malo en sí mismo, es un dato inevitable de la vida en sociedad. Si bien en determinadas situaciones puede propiciar cambios positivos, en otros casos desata una fuerza que los gobernantes no pueden controlar. En uno u otro sentido el grafiti dice la verdad: ¡Somos ingobernables!

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