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La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:09 / 04 de enero de 2018

A esta altura del nuevo año las promesas que uno se hace están muy vivas, mantienen la energía del recién nacido que patalea sin cesar, duerme plácidamente y se alimenta con avidez, se prepara para vivir, tiene tiempo y energía de sobra. Este primer mes del año es impetuoso, está hambriento de augurios, generalmente buenos, atento a los ofrecimientos y las bondades que le suelen acompañar desde diciembre.

Nadie está predispuesto a arruinar este inicio de año con negativas o trabas para las metas propuestas. Es como el cuaderno en blanco que comenzamos a escribir el primer día de clases, título y subtítulos con rojo, subrayados, letra impecable. No hay equivocaciones, por tanto, no hay borrones. Esa misma actitud se espera de las autoridades que nos gobiernan. Es decir, que comiencen con las mejores intenciones, que hagan buena letra, que se olviden de las malas prácticas, que establezcan mejores reglas y políticas adecuadas para el bien común.

En los trabajos también se espera que los ejecutivos, los administrativos y los técnicos se renueven en sus formas de ejercer sus funciones. Dejen de lado las ambiciones personales y se den cuentan que si solo cuidan sus intereses, las empresas o instituciones se derrumban.

No se necesita consultar a un astrólogo o vidente para saber que, a pesar de los buenos deseos, la política y sus avatares enredarán en su telaraña a gobernantes y opositores. En ese juego de poder las personas comunes y corrientes somos simples peones a los que recurren de vez en cuando; pero sobre todo son lo de menos, la gente no interesa, menos sus necesidades, no cuentan sus penas ni sus alegrías. Al final de sus batallas los verdaderos derrotados son los de siempre: los ancianos, los niños y jóvenes de a pie, los hombres y mujeres que trabajan día a día, los que sostienen la economía del país, los que mantienen la marcha de las empresas, sean públicas o privadas.

En la primera semana del año la gente común tiene que pensar en las inscripciones de sus hijos en las escuelas, en la compra de útiles. En la mayoría de los casos están rogando que nadie se enferme en su familia. En diciembre compraron zapatos que retrasan en estrenar para que les dure más tiempo. Las preocupaciones de la gente común están en otro lado; mientras observan de lejos la pelea entre contrincantes que se miran como enemigos irreconciliables y se muestran los dientes frente a quienes los sostienen.

Finalmente, aunque sea por velar por sus intereses, miren a la gente, cumplan con las promesas que les hicieron. Devuélvanles el saludo, escuchen sus reclamos, sus críticas, sus felicitaciones. La gente cotidiana existe, suelen ser más que sombras, mucho más que votos o marcas en una tarjeta de asistencia. Son seres humanos.

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