Columnistas

La inmensidad de la irrelevancia

La historia de la cultura está formada por toneladas de informaciones que han sido sepultadas

La Razón / Umberto Eco

00:00 / 12 de febrero de 2012

Se titula La miscelánea original de Schott y, desde un cierto punto de vista, se trata del libro más inútil que haya sido escrito jamás. Y no porque algunas de las noticias que contiene no puedan llegar a resultarnos útiles en su momento, sino porque nunca se nos ocurriría ir a buscarlas ahí.

En efecto, en esas páginas, un tal Ben Schott (resulta por completo irrelevante saber quién es) ha recopilado un número enorme de noticias irrelevantes (pero, como veremos, no todas). Enumera, por ejemplo, los nombres de algunos caballos famosos, el menú servido en la última cena del Titanic, las chicas de James Bond (y me pregunto, ¿por qué no anotar el apellido de Domino que es Vitali?), los maridos de Elizabeth Taylor, las muertes curiosas de algunos reyes birmanos, los altos grados de la masonería, los artículos del código del duelo irlandés, las distintas edades de los animales, la disposición de una orquesta, los puntos de la canasta, los versos de algunas retahílas infantiles, los nombres de bufones de corte históricos y los gritos de guerra de los diversos clanes escoceses, los 12 trabajos de Hércules, algunos insultos shakespearianos, los animales adoptados por el Zoo de Londres, y así en adelante a lo largo de 150 páginas.

Una vez excluido que el libro lo puedan usar los que inventan concursos televisivos (resulta difícil imaginar a un concursante que sepa que Aksakoff era el bufón de Isabel de Rusia), el único placer que nos queda es dar con cosas que no salen en el libro. Por ejemplo, ¿por qué saber el verdadero nombre de los cuatro mosqueteros y no encontrar los nombres que Dumas dio a sus criados (Planchet, Grimaud, Bazin y Mousqueton)?, ¿por qué no enumerar a los Tigres de Mompracem (Giro Batol, Sambigliong, etc.)?, ¿por qué están los siete enanitos y no los siete reyes de Roma?, ¿y cómo se llamaban los colaboradores de Maigret?, ¿y los amigos de Mickey Mouse?, ¿y los personajes de Casablanca? Vamos, vamos, a ver quién gana: Rick Blaine, el señor Ferrari, el capitán Louis Reanult, Ugarte, Ilsa Lund, el mayor Strasser, Annina Brandel, Yvonne ... ¿y luego? ¿Quiénes eran los actores de “La diligencia”? Claire Trevor, John Wayne, John Carradine, vale. ¿Y el doctor? Thomas Mitchell. ¿Y el vendedor de licores? Donald Meek. Claro que todas estas cosas, para mí, son muy relevantes, mientras que el juego principal consiste en descubrir todo lo verdaderamente irrelevante que ha omitido Schott.

El problema es que es bastante fácil hacer un catálogo de las cosas relevantes, pero es imposible hacer uno completo de lo irrelevante. La cultura, ese conjunto de ideas, nociones, datos, memorias que denominamos Enciclopedia, es la suma de todo aquello que una determinada sociedad (o la humanidad en su conjunto) decide recordar. Pero no actúa sólo como contenedor; actúa también como filtro.

La cultura es también la capacidad de desechar lo que no es útil o necesario. La historia de la cultura y de la civilización está formada por toneladas de informaciones que han sido sepultadas. A veces, hemos juzgado pernicioso este proceso y nos ha llevado siglos retomar el camino interrumpido: los griegos no sabían ya casi nada de las matemáticas egipcias y, aun así, la Edad Media olvidó toda la ciencia griega. En cierto sentido, sin embargo, eso les sirvió a las diferentes culturas para rejuvenecer partiendo desde cero, para luego ir recuperando gradualmente lo que se había perdido. Otras informaciones se han perdido por completo. Ya no sabemos para qué servían las estatuas de la Isla de Pascua, y muchas de las tragedias descritas por Aristóteles en su Poética no nos han llegado.

Este discurso no vale sólo para las culturas, sino también para nuestra vida. Piensen en aquel personaje de Jorge Luis Borges, Funes el memorioso: se acordaba de todo, de cada hoja que había visto en cada árbol, de cada palabra que había oído en el transcurso de su vida, de cada racha de viento que había percibido, de cada sabor que había saboreado, de cada frase que había oído. Aun así (y precisamente por eso) era prácticamente un idiota, paralizado por su incapacidad de seleccionar y desechar. Nuestro inconsciente funciona porque desecha. Luego, si algo se atasca, nos gastamos un montón de dinero en el psicoanalista para recuperar esa nimiedad que nos servía y que tiramos por error. Afortunadamente, todo lo demás, se ha eliminado y nuestra alma es exactamente el producto de la continuidad de esa memoria seleccionada.

La World Wide Web es Funes el memorioso, aunque de vez en cuando se renueva y desecha algo. Con todo, también la red siente el horror de la irrelevancia. ¿Qué le pasó a Calpurnia tras la muerte de César? Hace unos años examiné algunos de los 15.600 sitios que por entonces internet le dedicaba a este personaje y todos hablaban de ella como mujer de César antes de que César muriera y ya está. Se ve que lo poco que le pasó después se juzgó irrelevante.  ¿Cuántas son las cosas irrelevantes? Ninguna enciclopedia podrá decírnoslo nunca. La irrelevancia es pariente cercana del Infinito.

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