Columnistas

La inquietud política

Decía un pensador que censurar agriamente (pero murmurando) a quienes son los poseedores del poder es una tendencia tan común como otras muy propias de nuestra naturaleza —subsistentes por supuesto en todo rincón del planeta—, las que, aun cuando las menciona de refilón, pone el dedo en la llaga de lo que esencialmente forma parte de la sustancia o condición humana (tan examinada en la exclusiva filosofía de Heidegger, Sartre u Ortega Gasset). Como aquellas, continúa nuestro pensador, que tienen que ver con la edad que tenemos, con añorar el pasado, o con imaginar ilusiones para lo futuro de índole excéntrica, entre otras.

La Razón / Pablo Mendieta

04:42 / 27 de febrero de 2012

Y bajo los estímulos de esta amarga destemplanza manifestada como un todo de peculiaridades personales, asoman en el escenario político de nuestro país, por ejemplo, facciones si no violentas, desaforadas, y, paralelamente, pero en menor medida, agrupaciones o individuos de oposición al actual Gobierno, muchos de ellos imprudentes, sin discreción ni carácter, y lo que es peor, atomizados por intereses particulares, que se oponen machacona y sistemáticamente a toda medida que emana de los poderes del Estado, por muy eficaz que ésta pudiera ser para la colectividad (no es justo ni razonable pasar por alto visibles aciertos en muchas acciones del Gobierno), excitando con su actitud perturbaciones y malestar.

No es pretensión de esta nota estrellarse contra la oposición política; pues ella, como símbolo pretérito y espontáneo de rebeldía, ha nacido simultáneamente con la creación del mundo. Más aún, apelando a tantos que han reservado buena parte de su talento a esta añeja materia, es inevitable resbalar en La condición humana, del escritor y político francés André Malraux, cuyas páginas produjo con lucidez, inteligencia y hasta genialidad, para establecer, en suma, la anteposición a cualquier honorable aspiración la lucha por la dignidad y por el derecho a disentir. Este punto es esencial y universalmente aceptado, por tanto, es aplicable en nuestra propia     realidad política.

A partir entonces de esta premisa, es absolutamente justificable que exista    reacción hacia las enfermedades frecuentes y pertinaces del Estado, o que surja la desazón ante una deficiente administración por parte del Gobierno; pero no como lo hacen aquéllos, mujeres y hombres desmemoriados que como jueces incorruptibles olvidan que al calor de la pasión desmedida, y hasta del servilismo, actuaron atraídos por el fervor y la conveniencia en tiranías militares y civiles de nuestra reciente historia, hoy pasadas de moda y despreciadas; como asimismo se desaprueba en la actualidad a quienes, desoyendo la voz de su propia honra, se precipitan en cuerpo y alma hacia una abyecta sumisión al régimen imperante.

En definitiva, el armazón de nuestra comunidad política sobre el que debe descansar y mantenerse el alma de nuestra Constitución no debe edificarse por efecto de la “nuda propiedad” del Gobierno (entendida de acuerdo con el espíritu de una posesión sólo de nombre a que se alude al comienzo de la nota); y menos aún por la voluntad arropada de apetito o capricho de los malos opositores (aunque también los hay rectos, y muchos), sino por la voz sabia del pueblo que en su condición de juez con mayor probidad —vox populi, vox dei— debe ejercer su autoridad que le concede la suprema ley mundana para distinguir lo bueno de lo malo.

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