Columnistas

La intimidad de los espejos

Los nombres son los espejos en los que la sociedad se mira.  De ahí la pasión por las nomenclaturas

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:12 / 03 de octubre de 2012

Dicen que en algunos rincones del territorio ruso todavía es posible encontrarse con una gigantesca cabeza de un Stalin de piedra, insomne, desmembrado y arrinconado, acumulando polvo y musgo. Hay fotos emblemáticas a lo largo de la historia contemporánea, que transmiten imágenes similares de caudillos caídos, líderes en desgracia, presidentes vitalicios y héroes olvidados. El olvido quizá sea el peor de los castigos a la arrogancia de quienes, en su efímero momento de gloria, creyeron que merecían si no el amor y la admiración, al menos el temor eterno de sus conciudadanos convertidos en masa reverencial.

La pretensión de inmortalidad no está solamente en las representaciones al óleo, de piedra y en mármol; de cartón, en fotos fijas o en movimiento, en archivo de papel o en la infinita Torre de Babel que alberga la internet. La gloria a perpetuidad también se busca a través de los nombres.

Los nombres pueden contribuir definitivamente a la forma de las cosas y de los seres vivos. El novelista Gary Jennings cuenta que entre la antigua cultura azteca los niños eran nominados a partir de los siete años, aproximadamente, cuando el tiempo y su desarrollo había mostrado su temperamento y las líneas de su carácter y personalidad. De ese modo, el nombre que recibían correspondía casi exactamente a quienes eran. Sabia costumbre, que evitaba llamar Piedad a una insensible, Dolores a alguien tan alegre como un cascabel, o Gastón a un impenitente tacaño (como quiera que esas cosas se dijeran en Náhuatl).

Los cambios de nombre a los espacios públicos no son una casualidad ni una insensatez, sino que corresponden, casi matemáticamente, a los cambios de la sociedad, para bien o para mal. Durante la Revolución Francesa se cambió la nomenclatura de todo el calendario, también lo intentó la Revolución Rusa con las principales ciudades de ese vasto imperio. Y a la vuelta de 70 años, los viejos nombres resurgieron gozosos, pero quedan e incólumes las sombras del cambio.

En ese sentido, los nombres tienen que verse como señales de los avatares sociales. También son como espejos, monumentos intangibles de las sociedades que los proponen, aprueban usan o, llegado un momento, los desconocen. Los nombres son los espejos en los que la sociedad se mira. De ahí la pasión que las nomenclaturas suscitan. Y aunque haya quienes sientan las mudanzas como afrentas personales, al final las tienen que aceptar, porque si hay algo más voluble que renuente a los cambios, es la memoria.

El escritor argentino Jorge Luis Borges confesó que los espejos le daban miedos “infinitos, insomnes, fatales”; los llamó en un poema que recordó Eduardo Fidanza en el periódico La Nación, del  22 de septiembre. Antes, dice Fidanza, “Shakespeare había usado el espejo como signo profético de la catástrofe política. En una escena onírica lo puso en manos de un rival de Macbeth, cuya descendencia podía amenazar su poder, a fin de mostrarle que la obsesiva destrucción de adversarios no le alcanzaría para perpetuarse en el trono. (…) Finalmente, el espejo puede ser la prisión del yo. Lo ilustra la tragedia de Narciso, que desprecia el amor para sumirse en la contemplación de sí mismo”. Y, sin embargo, pese al miedo y la veneración que desatan, los espejos, tanto como los nombres, son efímeros… como el poder.

Temor, afirmación de la identidad y narcisismo: quizás esas tres reacciones arquetípicas sean lo que permanece detrás de las mutaciones de las imágenes de los poderosos y de los nombres con los que, vanamente, quieren perpetuarse.

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