Columnistas

La ira

La explosión de la ira se vuelve peligrosa cuando esta emoción es asumida por un grupo social

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 21 de febrero de 2016

La ira es un sentimiento que produce lo contrario del placer, tiene varias definiciones, pero todas coinciden en que se trata de un impulso apremiante por eliminar o dañar al agente que lo provoca. Entre las causas principales está la frustración que genera una conjunción de sentimientos negativos, que se expresan en enojo e indignación. Estos sentimientos nos acompañan en nuestra rutina diaria, cuando nos levantamos y debemos enfrentar el tráfico de la ciudad y luchar para conseguir transporte; cuando, para nuestra fatalidad, debemos hacer una gestión en alguna oficina del Estado; o peor aún, cuando estamos enfermos y debemos madrugar para conseguir ficha para el seguro y los médicos decidieron hacer huelga.

En fin, a cada momento nos enfrentamos con situaciones que nos provocan enormes frustraciones individuales, en las que el raciocinio nos permite sobrellevar nuestro enojo, aunque en algunos casos estallamos, como una manera de liberar y exteriorizar nuestra ira, acelerando el ritmo cardíaco y la carga de adrenalina.

Está en nuestra naturaleza, y su impulso irracional es considerado como un pecado capital por la Iglesia Católica y condenada en los otros dogmas religiosos. Por ejemplo, en el Islam, la yihad suele ser traducida como “guerra santa”, pero su verdadera acepción está ligada a una lucha interna, “vencerse a sí mismo”, “doblegar ese fuego interior” para evitar confrontaciones mayores.

Los psicólogos proponen algunas alternativas para afrontar este sentimiento como: a) La ira hacia dentro, acciones no para solucionar el problema, sino para suprimir la propia emoción, la persona se irrita consigo misma. b) Ira hacia fuera: cuando se expresa hacia otras personas u objetos del entorno. En estos casos, el afrontamiento se focaliza en la emoción y no en la resolución de la situación. c) Control de la ira: se refiere a los intentos de controlar los aspectos relativos a este sentimiento, es decir, el afrontamiento se focaliza en que las demás personas no perciban tu estado emocional.

También se la ha considerado como una emoción moral: se produce ante situaciones de ruptura de compromisos, promesas, expectativas o reglas de conducta y todo lo relacionado con la libertad personal. La explosión de la iracundia instintiva se vuelve peligrosa cuando ésta es asumida por un grupo social, motivado siempre por una frustración colectiva que puede movilizar masas y ser manipulada hábilmente por políticos sin escrúpulos.

Posee un importante componente motivacional, es, junto con el miedo, una de las dos emociones más intensas y pasionales, y potencialmente la más peligrosa, ya que su propósito funcional es el destruir las barreras del entorno. En situaciones extremas puede llegar a generar reacciones de odio y violencia, tanto verbal como física. En términos de estrategia política, generalmente se contrata a delincuentes para desatar estas emociones con acciones violentas, provocando, casi siempre, incendios que promueven la aparición de instintos primarios incontrolables, recorriendo la furia como un contagio, incluso entre personas cuya racionalidad es rebasada por la turba. Estas manifestaciones de ira son recurrentes en sociedades con problemas irresueltos, en tanto devienen ante la injusticia y la impotencia de no poder cambiar el pasado. No es extraño, entonces, que la llamada justicia comunitaria sea engullida en los barrios que, ante la pasividad de la Justicia Ordinaria, hagan justicia por sus propias manos y se extienda un silencio cómplice entre la multitud.

Es una constante que los bandos en disputa se satanicen mutuamente. De esa manera manipulan la indignación y consiguen el respaldo de las mayorías para conducirlos a la guerra, con la pretenciosa ilusión de acabar con el mal; cuando lo opuesto al mal es lo mejor. En las sociedades con pasados históricos de expoliación es común que los sentimientos sean volátiles, así, es normal que un deportista se convierta en malo y a la semana siguiente en héroe, o que un personaje al que se atribuyó altas virtudes humanas sea demonizado en una semana.

Sin embargo, hay también la ira buena, que puede reparar situaciones de injusticia, mientras la capacidad de raciocinio no sea rebasada por la rabia, que es precognitiva, y en las acciones prevalezca el diálogo.

Es artista y antropólogo.

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