Columnistas

La izquierda soy yo

El proceso boliviano necesita de críticas, observaciones, ajustes y enmiendas.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

23:33 / 16 de septiembre de 2017

Ya no sorprende el talante de algunos intelectuales nacionales e internacionales, que se autorreferencian para medir al proceso de cambio boliviano y sus líderes, tomando su historia personal como respaldo suficiente para denostar y descalificarlos.

“El folklore soy yo”, sentenció en 1928 el compositor brasileño Heitor Villa-Lobos intentando zanjar un debate ético sobre el uso de fuentes populares para modelos de la música culta, estética que más tarde los historiadores denominaron “nacionalismo”. Villa-Lobos no se complicó y optó por reducir una categoría sociológica a su experiencia individual, pretendiendo así que el concepto quede establecido para siempre en todo el orbe.

A la manera de este músico paradojal, nuestra intelectualidad encarna recurrentemente idéntica arrogancia. “La izquierda soy yo”, nos dice en un discurso que desde la comodidad de la academia o la distancia sin compromiso se permite escupir y tirar piedras a la arena donde la historia está librando un tiempo crucial. 

Ese tiempo crucial ha emprendido cambios de hegemonía social y política, mediante una reconversión de las coordenadas de poder, consecuencia de largas acumulaciones históricas. Desde luego, en democracia cada quien es libre de tomar posición en cualquiera de estas polaridades dialécticas y de luchar por su visión de país. Lo repudiable es encubrirse, proclamando una revolución supuestamente pendiente desde posiciones instrumentales al viejo orden: “yo que sufrí el exilio”, “yo que luché por los pobres toda mi vida”, “yo que canté para el pueblo”, “yo que investigué a los indios”, “yo que inventé la despatriarcalización”, “yo que le di la mano a Fidel”, “yo que me tomé una foto con Cortázar”, “yo que voté por éstos”, “yo se los digo: esto no es la revolución; la revolución soy yo”…

El proceso boliviano necesita de críticas, observaciones, ajustes y enmiendas, por supuesto. En ese entendido, quienes pudieran aportar a la trascendencia de este proyecto de país, sin precedentes en sus resultados, son aquellos que accedieron a la educación, la información y la tecnología. Pero resulta lo contario: las herramientas que adquirieron privilegiadamente, las revierten ahora con furia desquiciada en contra de la causa que embanderaban mientras les resultaba rentable. Qué ruin. Son más honestos quienes desde el lugar que ocupaban siempre, siguen disparando su previsible artillería. Al menos se sabe que están al frente.

Este escenario no es inédito si revisamos el pasado. A inicios de los años 80 del siglo pasado, la misma casta abandonaba a su suerte al doctor Siles Zuazo bajo las mismas “premisas revolucionarias”, exigiéndole lo imposible y tildándolo de “reaccionario” mientras él se inmolaba por convicción, hasta el último día de su gobierno, casi solo, en el ruedo esencial por la supervivencia de la democracia; esa democracia que nos trajo hasta aquí, habrá que recordar y honrar, dicho sea de paso. Idéntica situación se dio con el gobierno popular de Juan José Torres y probablemente con el de Gualberto Villarroel. Te conozco, mascarita...

Discernir con pertinencia sobre nuestro desempeño en el tiempo y el lugar que nos toca; tener lucidez para comprender qué está en juego y quién es realmente el enemigo; ése es el gran desafío para los intelectuales, y ésa su deuda, casi una traición hoy por hoy.

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