Columnistas

El juez ejemplar

Los diversos puestos desempeñados son solo accesorios a la formidable personalidad del autor.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

23:18 / 17 de junio de 2016

Cuando el Estado de derecho está en entredicho por la difusa línea divisoria entre la separación de poderes y la venalidad que impera en los operadores de justicia bolivianos, parece pertinente comentar la aparición del primer volumen de memorias del expresidente de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) Mohammed Bedjaoui, bajo el título En misión extraordinaria (versión en francés, editorial Casbah, 415 páginas-2016).

Este texto contiene el recuento de las labores cumplidas por este eminente hombre público argelino como embajador de su país en París de 1970 a 1979. Nueve años en los cuales frecuentó a dos presidentes, tres primeros ministros, tres secretarios generales del palacio Elíseo, 11 cancilleres y multitud de otros ministros. Un verdadero récord en la vida de la diplomacia parisina para quien, con anterioridad, había sido Ministro de Justicia, luego de Relaciones Exteriores y, desde los albores de la guerra de liberación, arquitecto de la armazón jurídica de la República Popular de Argelia. Credenciales suficientes para defender los intereses nacionales en foros mundiales como Naciones Unidas o la Unesco, y poder representar a Argelia ante su antigua metrópoli, trabajando por la consolidación del nuevo Estado nacional en medio del complicado proceso de descolonización.

Sin embargo, los diversos puestos desempeñados son solo accesorios a la formidable personalidad del autor, con quien tengo el privilegio de la amistad que se trasunta en la dedicatoria de su obra “en recuerdo de todas nuestras reuniones tan fecundas y como testimonio de estima y homenaje bien cordial”. En verdad, el maestro supo comprender mi pasión boliviana por la causa marítima, con la cual se solidariza plenamente. Pero su paso por la embajada argelina en Francia, objeto principal del libro que nos ocupa, es solo una pausa en su carrera de jurista de vocación, porque después de su brillante ejecutoria nacional, fue elegido uno de los nueve jueces de la CIJ en La Haya, donde sirve 20 años, entre ellos tres en calidad de presidente. En sus recuerdos anota cómo su talento jurídico es requerido por el presidente Houari Boumediene en abril de 1976, para redactar la Constitución de su país, en dos meses, aporte que cumplió a cabalidad, entregando a tiempo los 130 artículos de la magna carta que luego sería aprobada.

Las vidriosas relaciones franco-argelinas no estuvieron exentas de cierto dramatismo, como cuando tardíamente Bedjaoui descubre que las pruebas nucleares francesas en el desierto del Sahara argelino, iniciadas antes de la independencia, continuaron después, en tal marco de confidencialidad que ni el Embajador ni el Canciller estuvieron al tanto. Otros episodios más festivos que fluyen de la elegante prosa del autor se refieren a las visitas oficiales cumplidas por celebres mandatarios a la Ciudad Luz que Bedjaoui tuvo la ocasión de presenciar. Con aguda perspicacia el autor retrata a esas figuras, ensanchando sus observaciones a los espacios geográficos e históricos de sus lugares de origen. En sus líneas desfilan el pintoresco caudillo libio Mohammar Gadafi, el Shah de Persia, el egipcio Anwar Sadate, el senegalés Leopold Senghor, el marfiles Houphouet Boigny, el tunesino Habib Bourguiba y el congolés Mobutu, a quienes se les reserva frases cordiales, a veces de fina ironía.

Como balance de su gestión, Bedjaoui confiesa que “durante toda mi estancia parisina, me consagré a todo aquello que podría contribuir a la ‘construcción del Estado argelino’ y su fortalecimiento. Ese objetivo constituyó mi punto de referencia permanente en mis hechos y en mis gestos”. Mohammed Bedjaoui podrá decir, satisfecho, mission accomplished (misión cumplida).

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