Columnistas

El ‘kharisiri’

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 06 de abril de 2014

En la cosmovisión aymara prehispánica existe la creencia en este ser sobrenatural, demoníaco. Una de sus cualidades terroríficas es que extrae la grasa y la sangre de los cuerpos de seres humanos que se encuentran dormidos, debilitándolos poco a poco hasta producirles la muerte.  Rigoberto Paredes dice: “Desde la conquista, impresionados los indios con ver degollar a los ajusticiados y ver reducir el cadáver a cuartos, creían que el verdugo era un ser extraordinario, un malvado, representación del kharisiri que terminada su sangrienta faena, andaba en las noches vestido con el hábito despojado al difunto y aún lleno de tierra y sangre, cubierta la cabeza de un capuchón, que solo dejaba descubierto su rostro pálido como  la muerte y sombrío como la noche, llevando en la mano una campanilla, cuyo lúgubre sonido se escuchaba de rato en rato (Paredes, 1920:24)”.

Esta figura, con hábito de fraile, deambulaba especialmente en el mes de agosto buscando caminantes solitarios a quienes hechizaba con el tintineo de su campanilla, ocasión para infligirles un corte encima del riñón y extraerles su grasa; práctica que también la realizaba en los cementerios y cerca de las capillas; siendo una de las razones porque se asociaba a este tenebroso ser con los curas. Sin embargo, no fue ésa la única razón para esta asimilación colonial,  sino más bien la irreconciliable diferencia entre la religiosidad indígena con los dogmas judeo-cristianos y la fallida evangelización.

 La extirpación de las idolatrías (1575), cuya meta política y cultural era sobreponer a la concepción agrocéntrica indígena  del mundo y el universo las imágenes católicas  acompañadas de la concepción teocéntrica occidental, ocasionó dolor y luto en los pueblos originarios. La sistemática extirpación de las llamadas idolatrías por agustinos, mercedarios, franciscanos y domínicos, así como de la Compañía de Jesús, generó además un profundo recelo contra los curas.

El virrey Toledo, en una visita a España, explicó que los indios “eran incapaces de una vida civil cristiana”, argumento  que aprobaba la Iglesia que, entonces, afirmaba que los indios no tenían la facultad de pensar y comprender como seres humanos y, por lo tanto, como profanos, eran insensibles a las penas espirituales y necesitaban castigos corporales para entender la ferocidad y superioridad del Dios cristiano sobre sus divinidades subsumidas en la naturaleza.

El rey Carlos V de España ordenó en 1503: “Traédme oro, si es posible humanamente, pero traédme oro”, y en esta tarea acompañaron las órdenes religiosas que no perdieron sus privilegios al crearse la república, insertados como parte de su construcción asimétrica y excluyente al convertirse la religión católica en oficial, hasta la promulgación de la nueva Constitución, que entró en vigencia el 7 de febrero de 2009. Vale decir, que durante varios siglos tuvieron un lugar de privilegio con los gobiernos de todas las corrientes. Su poder empezó a languidecer cuando, seguros de su vigencia dogmática, no tuvieron la capacidad para enfrentarse a los nuevos desafíos que el papa Juan XXIII, en el Concilio Vaticano II, pregonaba los “signos de los tiempos” el 25 de diciembre de 1961, en el que hablaba del aggiornamiento que la iglesia piramidal debía enfrentar debido  al nulo control jurídico de su poder acumulado en siglos. Este Papa  proponía: a) responder a los interrogantes de cada generación, b) percibir la presencia y los planes de Dios en la historia, y c) hacer inteligible al hombre de hoy la verdad revelada. Por supuesto, el Concilio Vaticano II fue enterrado y sus jerarcas, coludidos —como en el pasado— con el poder, mantenían sus privilegios. Los curas “rebeldes” eran presionados para volver al rebaño, como Ernesto Cardenal, Luis Espinal, Arnulfo Romero, Camilo Tórrez, entre otros.

La sombra de los kharisiris contemporáneos no permite que una iglesia —maltrecha y sin proyección al futuro— vea una luz, pese a los intentos del papa Francisco.

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