Columnistas

El laberinto y el paraguas

Se viene el temporal y las autoridades en-tienden que conviene abrir el paraguas antes de la lluvia.

La Razón / Óscar Díaz

02:14 / 16 de abril de 2012

El Gobierno tiene miedo y, no es para menos. Se viene el temporal y las autoridades entienden que conviene abrir el paraguas antes de la lluvia. Cuando la COB, los médicos, los maestros, los tarijeños y los chuquisaqueños y, sobre todo, la Cidob con el huracán TIPNIS se remecen y forman fila como resueltos soldados en la batalla final, la clamada brisa de una oposición política en serio se posterga por mal tiempo. Si un ajedrecista se jaquea a sí mismo, aun teniendo el juego servido para ganarlo, cualquier oposición, incluso la de un humilde peón, puede ser letal.

La COB reclama un pedazo de la torta de las reservas internacionales; a los obreros no les alcanza ni para el almuerzo y están cansados de ver cómo el merengue del pastel se lo comen otros. Entretanto, los indígenas del TIPNIS alistan la IX marcha y el vendaval de médicos y maestros sacude más conciencias. Con este menjunje de conflictos, en el que las masas se vuelven pan de cada día, ¿en qué posición queda el gobierno “del pueblo”? ¿A quién defiende, ahora, el gobierno del MAS?

El MAS, a veces, se pierde en su laberinto. Como no se define, no sabe si atender al Estado o a la sociedad. Hace un mes, Evo Morales abría el paraguas para no mojarse con el pronosticado chaparrón: “Si el Presidente ha cometido algún error, algún delito, júzguenme, procésenme y castíguenme (…) si algún error o delito voy a cometer, si es un tema legal, debe ser por culpa de mis abogados y abogadas; si hay un problema (en el tema) de los derechos humanos, será por culpa de algún ministro o ministra… los (problemas en) temas económicos, en temas del Estado, van a ser por (responsabilidad de) algún compañero o compañera”.

Tiempo después, un conocido previsor, el jefe de bancada del MAS en el Senado, Eugenio Rojas, advertía que la protesta es un derecho constitucional, pero que un derecho no debe transgredir otro. La contradicción estaba en que Rojas y los ministros y el Fiscal General —los tres, un solo bollo en la panadería del Gobierno— promoviendo la penalización de la protesta, al revés de lo que pregonan, defienden un derecho pero vulneran otro.

El “no tenemos miedo, carajo” suena cada vez más fuerte en las calles, y los dirigentes piden a sus afiliados no amilanarse con las amenazas del Gobierno. El Gobierno que tiene miedo e infunde temor.

En el pasado que va siendo remoto, otro dirigente, Evo Morales, no tenía miedo de enfrentarse a la Policía o a los militares que los neoliberales mandaban al frente de batalla para detener las protestas. Eran otros los gobiernos del miedo. Paradojas de la historia: Entre los que ayer arremetían como borrascas y los que hoy deben abrir el paraguas para que no les llueva se repite el héroe de la película que el viento se va llevando.

La explicación de este fenómeno climatológico debe estar en el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología. Pero también en otra parte. Pienso en el “paraguas integrador”, de nuestro único Premio Iberoamericano de Periodismo, Fernando Molina, cuya tesis del mestizaje como argamasa social liada por el componente hispanoamericano, me parece, termina salpicando los zapatos de Evo bajo aquella sombrilla cual Fred Astaire.

Sirva la figura retórica de Molina para explicar este caso de más de una identidad, el chapoteo presidencial —cuando no dirigencial— como remanente de la historia marcada por el cocalero (hombre campesino, del cato y sin miedo) y el mandatario (hombre gubernamental, del Palacio Quemado y con miedo).

Había una vez el MAS en su laberinto, un dirigente que luego se volvió presidente sin dejar de ser dirigente. Había una vez una fábula de Esopo, este país, de cabritas y cabreados.

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