Columnistas

El lado político de ‘Chespirito’

‘Chespirito’ aprovechó el papel que llegaron a jugar los medios en un escenario autoritario

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

02:52 / 19 de diciembre de 2014

En medio de la indignación que azora a México, ocurrió la muerte de Chespirito, como corroborando aquel sentido político anestésico que sus críticos le atribuían a sus personajes. Y es que si bien el polifacético artista fue aplaudido en el mundo, pese a sus producciones artesanales, su suerte no ha sido la misma en su propio país, ya que en México ha encontrado detractores no solo  entre el “público culto” que cuestiona el contenido de sus producciones, calificándolas como perturbadoras para la educación de los niños, sino también entre muchos críticos que lo consideran un mal referente de la mexicanidad y que por ende se resisten a que Chespirito sea un representante de su cultura.

Ello porque el actor fue producto de una etapa políticamente cuestionable en el país, realidad que no se puede dejar de considerar por muy emotivos que resulten sus personajes. En primer lugar porque Chespirito surgió en la esfera del cuarto poder que, debido al monopolio televisivo,  tiene enorme influencia. Así, tras un arduo trabajo detrás de bambalinas y la realización de series cortas que no alcanzaron éxito, Chespirito se dio a la tarea de convencer a sus potenciales patrocinadores que se podía hacer televisión sin causar ruido. Por ello no es que el actor se haya visto determinado a hacer lo que hizo por las condiciones existentes, sino que aprovechó el papel que llegaron a jugar los medios en un escenario autoritario.

Porque, en segundo lugar, la televisión asumió la función de entretener y no de despertar conciencias ni de constituir ciudadanos más educados. Los medios de comunicación se convirtieron así en la pieza complementaria del poder detentado por las clases dominantes portadoras de la ideología de “darle al pueblo pan y circo”. Por eso, a través de las historias de la Cenicienta rediviva, la televisión contribuyó al inmovilismo político, como lo sigue haciendo ahora. Tan cierto es ello que en los tiempos de la “dictadura perfecta” del priismo arrogado, el también finado propietario de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, decía sin cortapisas: “yo soy un soldado del PRI”, y develaba su relación con el poder en este sentido: “yo hago televisión para jodidos, porque México es un país de jodidos”.

Chespirito embonó en esa mentalidad. Por eso, ante la pregunta siempre insistente de si con El Chavo buscaba generar conciencia acerca del estado de pobreza de la niñez latinoamericana, lo negaba,  afirmando que solo buscaba entretener y no enarbolar ninguna causa social. Esta manifestación pudo haber pasado como intrascendente, de no ser por los innumerables análisis a los cuales fueron sometidos sus producciones que identifican en su fondo posturas conservadoras. Así, más allá de su abierta oposición a las políticas propuestas por el gobierno de izquierda de la Ciudad de México, como la ley del aborto; o su cuestionamiento al Movimiento #Yosoy132, defendiendo a ultranza a Televisa, Chespirito apareció como estafeta del derechista Partido Acción Nacional, tanto en las expectantes elecciones de 2000, como en las polémicas elecciones de 2006, en el que el candidato de izquierda fue derrotado a través del ardid “un peligro para México”.

Chespirito fungió, pues, como un dispositivo de los aparatos ideológicos del Estado, a partir del curioso hecho de interpretar a un niño pobre en un país con más del 60% de su población viviendo en pobreza extrema, obteniendo lujosas regalías por ello. Quizá por eso, tras una narcotizante cobertura por 48 horas de la muerte de Chespirito, entre la gente que abarrotó el estadio Azteca, muchas personas decían estar ahí por identificación con uno de los personajes del actor que les hacía recordar que de niños también deseaban comerse una torta de jamón.

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