Columnistas

La larga agonía del Poopó

Debido a la contaminación minera la mayoría de los habitantes había emigrado hacia las ciudades.

La Razón (Edición Impresa)

23:58 / 11 de enero de 2017

Como generación nos está tocando presenciar los efectos del cambio climático, que se producen de forma cada vez más acelerada y se perciben de varias formas, especialmente con el retroceso de los glaciares otrora “nevados eternos”, y morada de los “achachilas”, a los que muchos andinos rendimos culto.

Como testigo, me corresponde informar que la agonía del lago Poopó comenzó aproximadamente hace tres décadas, situación que verifiqué en una expedición que realicé a principio de los noventa, acompañando al arqueólogo Carlos Ponce Sanginés, y en la que también participaron el científico estadounidense Alan Kolata y su esposa Ann.

El objetivo principal del viaje era visitar el cerro de Querimita, donde se encuentra un yacimiento de heliobasalto, una piedra negra sumamente dura que utilizaban los tiwanacotas fundamentalmente para fabricar herramientas agrícolas. Adicionalmente planeamos visitar la población de Chipaya, e inevitablemente teníamos que pasar por el lago Poopó.

En el mapa, el departamento de Oruro parece pequeño respecto a sus vecinos, pero en el terreno es inmenso. Además, ningún camino conduce a Querimita, por lo que realizamos varios trechos a campo traviesa, guiados por un mapa y una brújula que Ponce Sanginés utilizaba con habilidad.

En el camino comprendimos la razón de la insistencia del arqueólogo de llevar dos vagonetas, ya que si íbamos en una sola y ésta se averiaba, podría significar la muerte en aquellos desiertos desolados y en tiempos en que no había celulares ni GPS.

La primera parada nocturna fue en el pueblo de Orinoca, en cuya escuela nos hospedamos. Al día siguiente partimos hacia Chipaya, donde el amable alcalde nos permitió pernoctar en una choza con piso de tierra. A la salida de Chipaya pudimos bañarnos en las cristalinas y heladas aguas del río Lauca.

Esa tarde, nuestra llegada al lago Poopó fue anunciada por parvadas de flamencos rosados. Ponce Sanginés era el único del grupo que había visitado el lago varias veces, por lo que quedó sorprendido por la ostensible disminución de su volumen. Rápidamente constató que la que había sido la isla de Panza se encontraba a bastante distancia tierra adentro.

Todavía había flamencos, pero ya no se veían peces. Con el arqueólogo como guía, caminamos largamente lago adentro, sin que el agua sobrepasase los 20 centímetros de profundidad en ningún momento. El caudal del Desaguadero también había disminuido drásticamente, ya no quedaba mucho del río que antiguamente había sido navegable. Incluso Ponce Sanginés había escrito un proyecto de navegación para este torrente en balsas de totora, el que a todas luces era ya inviable.

Por otro lado, debido a la contaminación minera que envenenaba a los animales y secaba la tierra, la mayoría de los habitantes de las riberas del Desaguadero había emigrado hacia las ciudades. El proceso de desertificación era completo. Aunque no tenía ningún cargo, ni cumplía misión oficial alguna, a nuestro regreso a La Paz, Ponce Sanginés informó a las autoridades de entonces de la situación tanto del lago Poopó como del río Desaguadero.

De esa manera, cuando era muy joven, conocí el Poopó, que ya estaba en franco proceso de disminución, por lo que puedo afirmar que las personas que pretenden culpar a la gestión del presidente Evo Morales de la desaparición de dicho lago, más que un error, cometen un disparate.

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