Columnistas

Tres lecciones de la Gran Guerra

El desarrollo tecnológico en la actualidad hace prohibitiva otra guerra mundial

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

00:00 / 16 de julio de 2014

En el centenario de la Primera Guerra Mundial es indispensable volver a 1914 para rescatar algunas lecciones enfocadas en evitar una tercera edición de tan terrible conflagración. Primera lección: la capacidad mortífera de la guerra es cada vez mayor. Los avances tecnológicos amplifican las capacidades de los seres humanos para curar, mejorar la calidad de vida y construir; pero al mismo tiempo les hace disponer de medios más efectivos para causar destrucción y muerte. Esta realidad dejó perplejos a los habitantes de Europa, Asia y África durante la Gran Guerra.

Segunda lección: cuando muchos países se dejan arrastrar a una polarización del sistema internacional, la guerra tiende a ser mundial. Es irritante reparar en lo extendida que resultó la lógica bipolar del sistema de las ententes y las alianzas, en el que una guerra entre Austria-Hungría y Serbia dio pie a una interminable reacción en cadena que involucró a muchos países, algunos tan lejanos como Japón y Estados Unidos. El afán de las grandes potencias y de las naciones subyugadas por demostrar una lealtad que sirva de garantía para que sus aliados no las abandonen a la furia del bando contrario polarizó e hizo estallar al sistema de Estados.

Tercera lección: el chauvinismo y las pretensiones hegemónicas, por separado, son una amenaza para la paz, pero cuando confluyen son una pesadilla. Al analizar al Káiser Guillermo II de Alemania, por ejemplo, se puede advertir la confluencia de estos dos elementos en su política exterior. Quería la posición hegemónica que ejercía la Gran Bretaña en el mundo y se propuso alcanzarla por medio de su Weltpolitik (política mundial), pero al mismo tiempo cultivaba un genuino desprecio por todo lo que no fuera teutónico, aun cuando pregonaba un fingido afecto por sus aliados otomanos. Esto generó una escandalosa paranoia en los principales líderes europeos, quienes temían el fatídico destino que sufrirían sus respectivos países si se permitía el incremento del poder alemán.

“Alemania amenaza la existencia de Inglaterra”, declararía Eyre Crowe, del Ministerio del Exterior británico, en 1907. Un siglo después, el profesor estadounidense Joseph Nye denominó “smart power” (poder inteligente) al arte de combinar el poderío militar de Estados Unidos con la diplomacia adecuada para generar adhesión a sus causas e intereses, ya que la Primera Guerra Mundial había demostrado que el ser percibido como una amenaza omnidireccional no resulta útil a las pretensiones hegemónicas.

En conclusión, sin pretender enumerar todas las lecciones útiles de la Gran Guerra, resulta apropiado recordar que el desarrollo tecnológico en la actualidad hace prohibitiva otra guerra mundial, debido a su apocalíptico potencial destructivo; que los compromisos de los países del mundo con la Organización del Atlántico Norte (OTAN) o la Organización de Cooperación de Shanghái no deben anteponerse a los compromisos suscritos en favor de la paz mundial; que asegurar la multipolaridad dentro del sistema de instituciones internacionales podría servir de garantía para evitar que las pugnas hegemónicas deriven en una tercera guerra mundial; y que es urgente promover una cultura de paz universal que pueda moderar los recurrentes nacionalismos que actualmente rebrotan en todo el globo y que son pasiones que pueden degenerar en calamitosos chauvinismos y excepcionalismos.

Es escritor, analista de asuntos internacionales.

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