Columnistas

El legado de Allende

La propaganda izquierdista es siempre infinitamente más efectiva e incansable que la de derecha

La Razón / Wálter I. Vargas

00:00 / 21 de septiembre de 2013

Un nutrido bombardeo de homenajes recibió estos días el inmolado presidente chileno Salvador Allende, al recordarse los 40 años de su muerte en los 70. Un verdadero muestrario del lugar común que lo considera un mártir de un presunto socialismo democrático, como a Neruda (que murió también esos días) se lo considera un poético amante del pueblo, aunque fue un estalinista acabado.

Esta imagen no puede ser más deshonesta, aunque es habitual de la testarudez de los nostálgicos del socialismo del siglo XX. Nadie dice algo, por ejemplo, de lo comprobado que está el apoyo económico de la KGB soviética a Allende (o de otras cosas peores, como las que ha estudiado Víctor Farías). Cualquier hijo de vecino interesado en la política sabe que la CIA metió las manos hasta el fondo en el golpe chileno del 73, pero pocos saben que lo hizo porque Allende fue prácticamente un mantenido político (y también personal) de los soviéticos. Una prueba más de que la propaganda izquierdista es siempre infinitamente más efectiva e incansable que la de derecha.

“Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentado”, reza una de las melifluas canciones del trovador castrista Pablo Milanés, a propósito del golpe chileno. Pero no sólo fueron los cantantes y poetas cubanos los que estuvieron en Chile los casi tres años de gobierno allendista. Estuvieron también, por ejemplo, los hermanos De la Guardia, militares de Castro, para organizar la guardia personal del presidente trasandino (luego caídos en desgracia junto al general Ochoa). Alguien que se dice demócrata no hace migas tan abiertamente con un autócrata temible como fue y es Fidel Castro, a quien tuvo durante todo un mes en 1971 de visitante en su país.

Muchos de los que han escrito sobre el legado de Allende estos días quieren hacerlo pasar por profeta o pionero de los dizque gobiernos socialistas de la actualidad. Pero es al contrario. Cuba es una muestra palpable de cómo el camino del socialismo verdadero (no el falso, que demagógicamente defienden los gobiernos boliviano, venezolano, etc.) sólo lleva a la pobreza generalizada y a la dictadura en cualquier país; mientras que en Chile el liberalismo económico ha permitido que esté entre los más adelantados de América Latina. Es imposible y sería condenable justificar, desde luego, la violencia extrema practicada contra los opositores durante el gobierno pinochetista (que sólo por comodidad demagógica puede ser llamado fascismo). Pero que ese golpe evitó la eventualidad de otra Cuba, es algo real. Eso lo sabe cualquier chileno (y a veces lo dice, sólo que muy a sottovoce, para no pasar de políticamente incorrecto).

Un Allende triunfante y nonagenario, un Fidel Castro chileno, no luciría tan heroico y mártir del bien, sino, como a la larga va a ocurrir con Castro, aparecería como el responsable de la destrucción de su país. Al morir, se salvó de esta condena de la historia y se convirtió en uno de esos personajes ideales para el culto de la progresía latinoamericana. Entonces se prestó para el típico lirismo izquierdista: lo sacaron muerto envuelto en un poncho boliviano (esto dice Zavaleta), se mató con un fusil regalado por Fidel, etc., etc.

La progresía continental es incurable y pasa de padres a hijos. La jovenzuela Camila Vallejo (hija de comunistas) ha lanzado en un artículo esta perla: “¿Qué es lo que separa a Allende de la inspiración socialdemócrata? El hecho de que los objetivos revolucionarios, incluso de inspiración leninista, se mantienen intactos en el horizonte que guía el qué hacer actual”. Espero que esta declaración de fe leninista sea producto de la ignorancia y la juventud de la famosa estudiante chilena. Porque hay que ser ignorante o estar mal de la cabeza para perseverar en la idea de que Lenin fue sólo un idealista y no el inclemente político que fue.

“Ya sabemos lo que han hecho ellos. Sería bueno ahora hablar sobre lo que hicimos nosotros”, dice más o menos (cito de memoria) el republicano Robert Jordan, personaje principal de Por quién doblan las campanas. Me parece que en la cultura política de la izquierda hace falta de vez en cuando esta sabiduría para evaluar con más ecuanimidad el conflictivo pasado.

Es crítico literario.

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