Columnistas

El lenguaje del color en las ciudades

El color ayuda a crear ilusiones ópticas en la arquitectura y dota de luminosidad a las ciudades.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

22:49 / 25 de mayo de 2016

Tal como lo confirman ciertos escritos, el color durante la historia ha formado parte de la cultura de las ciudades. Los clasicistas puros no dejaron de sorprenderse cuando la antigua Grecia demostró que lo policromático cualificó a las grandes obras de la arquitectura clásica griega. Un acercamiento a la Acrópolis de Atenas, la principal ciudad helena, da cuenta de que allí jamás existieron edificaciones blancas y que el color fue utilizado para enriquecer sus expresiones culturales; sin olvidar que sus reliquias escultóricas fueron pintadas con pigmentos de colores vivos. A pesar de ello, en el siglo XIX los arquitectos neoclasicistas, ­incluso habiendo conocido el sentido estético griego,­ siguieron basando sus obras dentro de los órdenes de la arquitectura griega; empero, conservaron el uso del color blanco con apariencia monocromática.

Ya en el siglo XX y con el ingreso de la arquitectura internacional, expertos opinaron que el color fue el elemento decorativo que perteneció a la arquitectura del pasado y a los regionalismos. Sin embargo, la arquitectura mexicana y ciertos arquitectos de gran prestigio demostraron que, por el contrario, el uso del color es capaz de dar vida a cualquier espacio sencillo, pero bien concebido. Es el caso de Barragán, quien supo aprovechar la fuerza del color en sus obras para iluminar y dotar de misterio a esos bellos y sencillos espacios del silencio.

Lo cierto es que el color colabora en dotar de ilusiones ópticas a la arquitectura, demostrando que su uso tenue o fuerte, además de remarcarla, le dota de una virtuosa luminosidad. Con ello, las ciudades se apropian de esa expresividad particular que las convierte en atractivas y sorpresivas. Nos referimos a esos entornos citadinos coloridos que se entremezclan con los vacíos urbanos que la naturaleza nos regala y las arterias que se entrecruzan con esas edificaciones de colores diferentes; detalles que hacen a las ciudades y colaboran en humanizar la vida del ciudadano.

Cuando observamos las laderas de La Paz, por ejemplo, el barrio de Munaypata, nos invade un sentimiento de tristeza, ya que denota una inhospitalidad real, no solo por el desmedido número de edificaciones que allí se observa, sino también porque esa imagen se convierte en severa por la falta de espacios abiertos. Allí casi nada produce sensaciones amables al habitante que diariamente transita en medio de esos muros de ladrillo.

Es evidente que esos barrios tan densamente edificados necesitan del pintado de sus casas y la imposición del plantado de árboles en cualquier rincón disponible, además de respetar el poco entorno natural que les queda.

Es lamentable el criterio de esa población que afirma que el conservar esos muros sin revoque significa progreso en su vida, lo cual debiera preocupar e incentivar a transmitir criterios como los de Leger: “El hombre necesita del color para vivir, porque es un elemento tan necesario como el agua y el aire”. Esto porque el color se relaciona con la luz, y ello produce valores afectivos y emocionales.

La necesidad del color en esos barrios de La Paz debería alentar también el despliegue de artistas a dichos lugares (como el mencionado barrio de Munaypata) para que realicen pruebas con sus paletas de colores, encaminadas a su embellecimiento; así se demostraría que el color puede “iluminar las ciudades”. Principios estéticos, técnicos y humanos que, a fin de cuentas, pueden convertirse en el lenguaje alegórico inequívoco del sentido cultural de esta ciudad.

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