Columnistas

El lenguaje simbólico en la arquitectura

La arquitectura expresa relaciones de poder antes que principios o reglas a priori.

Cergio Prudencio

00:00 / 14 de mayo de 2017

La construcción de La Casa Grande del Pueblo en pleno casco viejo de Chukiawu Marka ha dado lugar a renovadas críticas a la gestión de gobierno, esta vez por el supuesto “atentado” urbanístico a la ciudad. Cuentan las crónicas sobre la construcción del hermoso edificio de la Escuela Ayllu de Warisata en los años 20 del siglo pasado, que cuando se les preguntó a los lugareños para qué querían una edificación de dos plantas en tan extensa altiplanicie, ellos contestaron, “para que nos vean desde lejos”. Este episodio muestra que la experiencia de Warisata no se limitó únicamente a un modelo educativo de indios para indios, sino que además representó su fuerza insurgente a través de un emplazamiento elocuente. Como que al llegar a Warisata, desde lejos, esa construcción todavía nos sigue diciendo lo mismo: aquí estamos, o al menos aquí estuvimos, y mírennos. Es que la arquitectura expresa relaciones de poder antes que principios o reglas a priori.

La Casa Grande del Pueblo y el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional efectivamente irrumpen con fuerza en el corazón del centro paceño. Sus detractores alegan que contraviene la norma urbana, que falta el respeto a la historia, que afecta al patrimonio, que qué barbaridad, y que si serán ignorantes éstos...

Pero hace pocas décadas otros elevaron el edificio del Banco Central a solo unos metros de este nuevo palacio de gobierno. Y si seguimos la ruta del pasado, la Catedral Metropolitana fue en su tiempo también una profanación, como la cuadrícula española o San Sebastián o San Francisco; y más tarde Sopocachi, Miraflores y Calacoto, que arrasaron los asentamientos indígenas; o el estadio Hernando Siles que se fagocitó el hermoso estadio de Emilio Villanueva; o las montañas de nuestro escultural entorno telúrico, actualmente en depredación sin que autoridad municipal alguna ni puristas del urbanismo se pronuncien al respecto.

Al final de cuentas, La Paz toda es una profanación, ¿verdad?; y cada intervención viene cargada de significados políticos. Desde el rascacielos del BCB, por ejemplo, operó el Fondo Monetario Internacional en el esplendor neoliberal; no hubo reparos en demoler una joya de estadio cuando esta ciudad a alguien se le antojó “moderna”; la Catedral selló la alianza republicana entre Estado e iglesia (lado al lado); la cuadrícula urbana del siglo XVI tomó al Choqueyapu como separador “natural” de españoles e indios, y así “los discordes en concordia...” atravesaron los siglos hasta el día de hoy.

En ese contexto es fácil deducir que lo que se impugna a la Casa Grande del Pueblo no es realmente la transgresión técnica o la osadía estética, sino más bien su mensaje explícito: aquí estamos y aquí estaremos, y nos tendrán que mirar siempre, desde lejos y desde cerca. Eso, para muchos, es lo intolerable; el que los del otro lado del río hayan puesto bandera en plena “ciudad de españoles”. Es que en verdad los discordes nunca estuvieron en concordia en este amado Chukiawu, ni “pueblo de paz fundaron”, si es que tenemos memoria.

Las Torres Gemelas (Dios las tenga en su gloria) eran un exabrupto descomunal en la Gran Manzana, un símbolo del poder por encima del poder. La catedral de México, la del Cuzco, la Iglesia de Laja, por citar unos pocos ejemplos, son evidencias de procesos políticos y culturales de dominación implacables. El muro de Berlín simbolizó las tensiones dialécticas de un tiempo, y su demolición simbolizó su fin. En fin... hay que decirlo, la arquitectura habla; y también escribe la historia.

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