Columnistas

La leyenda de los siglos

Poner mojones históricos o hacer analogías seculares son deportes intelectuales muy populares

La Razón / Wálter I. Vargas

00:01 / 13 de julio de 2013

Suelen indicar quienes estudian la historia que el siglo XX comenzó propiamente en 1914 y terminó en los años 80, cuando se produjo el final del sueño socialista. Arnold Hauser, por su parte, señala en su libro clásico sobre la historia social del arte que el siglo XIX comenzó realmente en 1830, cuando la burguesía europea terminó de organizar el mundo a su medida. Poner mojones históricos o hacer analogías seculares son deportes intelectuales muy populares. Una historiadora norteamericana estudia el siglo XIV porque le parece que fue el más parecido al XX (Bárbara Tuchman, Un espejo lejano). Dice que la peste que asoló entonces a una tercera parte de la población del mundo conocido puede ser equiparada a las matanzas de las dos guerras mundiales.

Me he entregado a este ocioso ejercicio mental al pensar que el próximo año se cumplirán precisamente 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial, y esto da para jugar con las mencionadas comparaciones o seguir haciéndose preguntas, no sólo hacia atrás, sino también hacia adelante. ¿Habrá realmente comenzado el siglo XXI cuando se derribaron las torres gemelas, como muchos hijos de vecino opinamos entonces? Porque esas evaluaciones siempre actúan a posteriori, y no deja de ser una majadería pretender imaginar qué pasará en los próximos 90 años. He visto en la TV a un periodista afirmar que la impresora tridimensional, ya en puertas como el último grito tecnológico, constituirá una revolución incluso más radical que la de internet. Pero si esto está ocurriendo en la segunda década del siglo, ¿cómo podemos saber qué le espera a la humanidad, sin ir más allá, en 2050? Por otro lado, con los especialistas hay que andarse con sumo cuidado. Una Hannah Arendt, por ejemplo, pese a sus galardones filosóficos, no ha dudado en aceptar la tesis de un estudioso que en los años 60 afirmó suelto de cuerpo que “en unos pocos años los soldados-robot habrán dejado completamente anticuados a los soldados humanos”.

Pero si a menudo escuchar hablar a algunos sobre el futuro no vale la pena, hay casos verdaderamente más interesantes. En su Introducción a la literatura norteamericana Borges cuenta que Berkeley sostuvo que “los imperios, como el sol, van de Oriente a Occidente..., y que el mayor y último imperio de la historia sería el de América”. ¿Enigmática premonición de un hombre que ni siquiera fue contemporáneo de la Revolución Francesa?

La leyenda de los siglos llamó Víctor Hugo a un poema extenso que trataba justamente de hacer esto: ver en lontananza el discurrir misterioso de la humanidad en la tierra (sí, comprensivo lector, como usted lo temía, una vez más “he fusilado” un título para esta columna). Pero ya que hacer futurología es un juego a la larga tonto, nuestro irremediable desconcierto quizá pueda ser consolado con el arte, en la medida en que éste, sabio, saca conclusiones más expeditivamente. Y además, suele no hacer distingos entre historia y naturaleza. El siguiente poema, por ejemplo. Se llama Reconstitución del discurso de un divulgador olvidado, y su autor es Enrique Lihn.

Dice así: “Quién puede decir que la naturaleza sea justa/ o que exista en ella el diseño de una finalidad/ las aves migratorias llegan, en minoría, a los parajes de salvación/ el derrotero no se los marca el instinto/ millones y millones mueren al internarse mar adentro, caen como lluvia extenuadas al abismo./ Entre los hombres no existe la justicia/ ni en su naturaleza/ el deseo de que exista hace el dolor de muchos/ mueren jóvenes los grandes talentos/ viven hasta la saciedad multitud de bobos. / A la buena madre le mata un auto a su único hijo/a la mala le brotan los suyos por manadas./ El hombre capaz ve ascender hasta las nubes a los incapaces / mientras él se ve forzado a trabajar en la oscuridad./ El presidente de un país cualquiera es un imbécil/y el poeta que aparece en los titulares de prensa. / Los comunicadores dirigen el mundo / eligen un producto y un nombre y lo clavan / en el inconsciente colectivo / hasta que todos lo nombran y consumen.

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