Columnistas

La libertad debe superar a la tiranía

Para que la libertad funcione en la diversidad es necesario contar con un relato poderoso y unificador.

La Razón (Edición Impresa) / Timothy Garton Ash

00:00 / 09 de febrero de 2013

Por qué la mayor democracia del mundo está, en apariencia, peor que la mayor dictadura? Conviene aferrarse al término “en apariencia”, porque los indicadores comparativos entre el rendimiento actual de India y el de China ofrecen escaso consuelo. Pero a cualquier defensor de la libertad debe interesarle que este país libre vaya mejor. En crecimiento, inflación, PIB per cápita, desempleo, déficit presupuestario y corrupción —prácticamente todos los indicadores en los que cree el hombre de Davos—, India está peor que China.

La gran equiparación prevista hace unos años no se ha producido. Por ejemplo, en PIB per cápita, India avanza renqueando, con $us 3.851, frente a $us 9.146 de China. Según las cifras oficiales de 2011, el desempleo en India fue más del doble del de China. El índice de Transparency International, que mide la percepción de la corrupción, coloca a China en un mal puesto (compartido) en el mundo, el 80º; pero India ocupa (también compartido) el 94º. Y así sucesivamente.

Es muy probable que China manipule sus cuentas más que India, de modo que hay que descontar algo por “mentira, malditas mentiras y estadísticas”. Pero casi todas las personas con las que he hablado en las más de dos semanas que he estado recorriendo India (periodistas, mujeres empresarias, profesores, observadores externos) aceptan en definitiva ese veredicto. Incluso lo agravan. Los pobres rurales, dicen, no están mejor que hace dos o tres decenios. Un antiguo magistrado del Tribunal Supremo, un viejo y altísimo superviviente de la vieja India progresista de Nehru, me dice con apasionada indignación que más del 40% de los niños indios están seguramente malnutridos. “¡Peor que en África!”, exclama. Y un informe detallado elaborado en 2005 por el Banco Mundial corrobora esa opinión. Alrededor de 17 mil agricultores indios se suicidaron en 2010 por el fracaso de sus cosechas. Ni el viajero más superficial y privilegiado puede evitar ver la escandalosa proximidad en la que conviven la riqueza y la miseria, ya sea en los barrios de chabolas llenos de basura de Bombay o en las granjas de aspecto medieval que bordean una autopista recién construida.

¿Por qué? He aquí varias explicaciones posibles. A diferencia de China, pero igual que en Europa, India dedica enorme cantidad de energía al mero hecho de ocuparse de su increíble diversidad. El presidente francés Charles de Gaulle dijo en una ocasión: ¿Cómo se puede pretender gobernar un país que posee 246 variedades de queso? ¿Pues qué me dicen de un país con 330 millones de dioses? Y cuando digo un país, en fin: un viajero inglés del siglo XIX observó en una ocasión que “Escocia se parece más a España que Bengala al Punjab”. Una exageración poética, sin duda, pero lo cierto es que India es un continente, una comunidad, un imperio. Y, como Europa, está tratando de hacer frente a esa diversidad en libertad. China también tiene diversidad, con áreas inmensas, aunque poco pobladas, cuyos habitantes son en su mayoría tibetanos y musulmanes, pero la afronta sobre todo mediante la represión.

Para que la libertad funcione en la diversidad es necesario contar con un relato poderoso y unificador. EEUU lo tiene, como volvimos a ver en la toma de posesión del presidente Barack Obama (sí, es un mito, pero los mitos nacionales mueven montañas). Europa tuvo un relato así después de 1945, pero lo ha perdido. India también lo tuvo en las primeras décadas tras la independencia, pero, como Europa, ahora ha perdido el hilo. En su lugar, existen múltiples relatos opuestos, en un rifirrafe general de políticos y medios de comunicación. Por desgracia, aunque no debe extrañar a nadie, muchos de esos relatos son sectarios, regionalistas, chauvinistas y mezquinos, y dividen en vez de unir.

Y luego está lo que se ha denominado “el Raj de las licencias”. Las estructuras administrativas heredadas del imperio británico, que por asombroso que parezca siguen siendo iguales en muchos aspectos, han crecido sin parar hasta convertirse en una burocracia de pesadilla. Grandes empresarios indios como Lakshmi Mittal y el recién jubilado Ratan Tata prefieren invertir en otros lugares porque tardan siete u ocho años en conseguir todos los permisos para hacerlo en su país. Si la burocracia de un Estado poscolonial es un problema, la solución debería ser más desregulación y liberalización económica; y en ciertos sentidos, lo es. Será, por ejemplo, la única forma de que podamos alcanzar un acuerdo de libre comercio entre la UE e India, que beneficiaría enormemente a ambas partes. Pero la liberalización del mercado que arrasó en los años noventa es parte del problema también.

Fijémonos en los medios de comunicación. Los medios indios se encuentran hoy inmersos en una carrera a la baja por ser los más comerciales y sensacionalistas, que hace que en comparación la cadena Fox News resulte “justa y equilibrada”; y el tabloide británico The Sun,   un boletín de noticias del Ejército de Salvación. Algunos periódicos de calidad como The Hindu son excepciones que confirman la regla. Por otra parte, los anuncios que ocupan literalmente portadas enteras y las “noticias pagadas” (empresas que pagan para que se informe de manera favorable sobre ellas) están a la orden del día.Y no hay que olvidarse de la política. Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, me dice que los negocios y la política en Delhi tienen una relación tan carnal como la de los dioses y diosas tántricos. Además de los insultos estridentes, la política de identidad regional y religiosa y el principio dinástico (véase la irresistible ascensión de Rahul Gandhi en el Partido del Congreso), está la monstruosa condescendencia que se exhibe hacia los dos de cada tres indios que todavía viven en la más terrible pobreza. Aunque algunas iniciativas corporativas y filantrópicas les ofrecen los instrumentos esenciales para ayudarse a sí mismos, en general los políticos se limitan a darles subsidios para alimentos básicos, unos cuantos artículos baratos para unos días al año y trabajo de escasa remuneración; y después les compran el voto cuando llegan las elecciones. Como decían los antiguos romanos, se trata de ofrecer “pan y circo” a la plebe. En este caso, el circo es el críquet (un deporte indio que inventaron por casualidad los británicos) y las actividades de los famosos de Bollywood.

¿Entonces es inevitable que China siga por delante? No y no. No, porque, aunque el sistema indio es un culebrón cotidiano de pequeñas crisis, la gran crisis del contradictorio sistema que es el capitalismo leninista de China no ha llegado todavía. Y no, en segundo lugar, porque India es un país libre, con la más increíble diversidad de talento, originalidad, personalidad y espiritualidad en sus seres humanos. No tengo la menor duda de que la libre expresión de la individualidad humana tendrá que acabar sacando todo eso a relucir. Por eso digo, ¡Vamos, India! Por lo que a mí respecta, puedes derrotar a Inglaterra en todos los partidos de críquet durante los próximos diez años, pero con una condición: que también empieces a derrotar a China en política. Y al decir política no me refiero a la mezquina rivalidad por el poder y los privilegios, sino a hacer realidad el enorme potencial de tu pueblo.

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