Columnistas

El libro del Mallku

El odio que destila el libro del Mallku contra Bolivia, contra los mestizos y los no indígenas es aterrador

La Razón / Tomás Molina Céspedes

01:39 / 10 de agosto de 2013

Don Felipe Quispe Huanca, el Mallku, acaba de presentar su libro La caída de Goni, diario de la huelga de hambre, que es un testimonio del desplome de dicho gobierno en 2003 y de su participación directa en dicho suceso. Según el autor, fue él quien organizó, dirigió y culminó esa insurrección, de la que finalmente se apropió y benefició el actual Presidente del Estado, a quien trata con extrema dureza. Pero, lo que más llama la atención del libro es el enfoque equivocado, inoportuno e intolerante que hace de nuestro país, al que juzga con criterios y valores del siglo XVIII, más concretamente de 1781, luego de la derrota y muerte de Túpac Katari.

El odio que destila el libro contra Bolivia, contra los mestizos y los no indígenas es aterrador. El abuso que se cometió en el pasado colonial y republicano contra los indígenas, que es una verdad histórica, pervive en el libro como una verdad actual, como si los indígenas de hoy seguirían siendo siervos de los “q’aras blancos coloniales” y convictos de la mita en los veneros de Potosí. Para don Felipe no existen los tiempos históricos, y en su concepto los indígenas tienen que lanzar nuevos cercos a las ciudades “criollas y coloniales”, someterlas por el hambre y fundar el Estado indígena del Kullasuyu.

A continuación, algunos párrafos del libro. “Somos aimaras, pero no somos bolivianos, pues la Bolivia es de los q’aras coloniales. Nuestra lucha es por una nación y por un Estado propio” (pág. 19). “Tarde o temprano vamos a ser dueños del poder y del territorio que habíamos perdido con la muerte del Inka Atahuallpa en 1533, frente a la invasión de la raza blanca-española” (28). “Pueden matarnos… pero no podrán jamás aniquilar nuestro proyecto político; el restablecimiento del Estado qullasuyano y la reconquista del poder” (61). “Cortar los suministros de agua y electricidad, quemar a la ciudad por una parte, y por otra, asaltar el Palacio de Gobierno, los cuarteles, las casas de los ricos y matar a los q’aras ministros y otros de la zona Sur…” (78). “Juramos de pie con los dos puños en alto, para rebelarnos una vez más contra el q’ara blanco colonial, usurpador, opresor, explotador y discriminador” (10). “Hay que optar por la lucha violenta y armada, arrasar con todo…” (21).

El Mallku propone tres planes para la toma de las ciudades: “Pulga”, “Sikimira-hormigas coloradas” y “Taraxchi”, la última es el asalto y ejecución de los q’aras. Don Felipe no toma en cuenta que estamos en pleno tercer milenio y que Bolivia está gobernada por un indígena dentro los marcos de un Estado Plurinacional. Es tal la desincronización de don Felipe con el tiempo, que sigue llamando a La Paz “ciudad de Sebastián de Segurola”; a El Alto, “ciudad Túpac Katari”; a Bolivia, “República Q’ara”.

A continuación, algunos calificativos que don Felipe da a algunos de sus propios compañeros: “Jaime Solares, demagogo y hormonal, que nunca da soluciones, pero es un buen agitador y verdadero anarquista”; “Eugenio Rojas —según el libro, alcalde de Achacachi— maleante, pasa pasa y oportunista de mierda”; “Román Loayza, perro del hortelano, ladra, ladra y no muerde”; “Mateo Laura, llunk’u y títere de Edith Paz Zamora”; “Roberto de la Cruz, valiente cuando está a lado del indio y cobarde cuando está a lado del q’ara”, etc.

El libro de don Felipe es de obligada lectura para entender a la Bolivia diversa de hoy y, con el mayor respeto, debo recomendar a mi compatriota Felipe Quispe Huanca que sea más tolerante con sus hermanos bolivianos no indígenas, si busca tener algún protagonismo en la arena política actual.      

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