Columnistas

El libro de los puentes

Los puentes son como el amor, demandan la complicidad de las orillas, un lado de allá y un lado de acá

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:04 / 04 de julio de 2013

Como todo el mundo lo sabe, los libros hablan entre ellos, disputan a gritos, susurran sus secretos o intercambian bromas. Estos intercambios suelen realizarse en una zona intermedia, en un puente imaginario, entre dos orillas. Todo esto es fortuito y por tanto ingobernable, aunque a veces el propio azar puede ser levemente forzado por la impaciencia del lector.

En L’art des ponts, Michel Serres escribe que los puentes son ciertamente cosas pero también son símbolos, o mejor dicho el símbolo es en sí mismo un puente: un signo que relaciona a objetos extraordinariamente diferentes entre sí. Los puentes “blandos” tienen muchos pontífices: los viajeros, los mensajeros, los traductores. Serres habla con admiración de los puentes que ha atravesado en innumerables viajes (Brooklyn, Quebec, Florencia...), pero se decanta por uno de ellos, el Pont Marie de París, porque —dice— aproxima una orilla con una isla.

Por supuesto, esa lectura me ha remitido de inmediato a Rayuela, la novela de los puentes, convertida hoy, 50 años después de ser publicada, en un objeto de culto. Como todo el mundo lo sabe, su autor fue un gran viajero y un traductor reconocido; es decir un “pontífice”, que era el nombre que los antiguos romanos empleaban para designar al constructor de puentes.

Puesto que amo los rituales y sus pequeñas magias, he abierto una vez más la tapa negra del libro para comprobar si la vieja magia sigue intacta, y en las primeras páginas, ya amarillentas, he vuelto a sentir que la delgada silueta de la Maga se desliza por uno de los puentes de París. ¿Cómo reconocerla? No es difícil, pues ella “es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts”.

Vaya, ahora aparece el Pont des Arts, justo cuando estaba leyendo el Arts de Ponts. Definitivamente, las cosas importantes siempre suceden por obra del azar, y para que sigan sucediendo, antes de cruzar el puente, como en la Europa de la Edad Media, tenemos que pagar un pequeño peaje.

Así sea: los puentes son como el amor, demandan la complicidad de las orillas, un lado de allá y un lado de acá, París y Buenos Aires. Espacio suspendido de encuentros gobernados sólo por el azar, tierra de todos y de nadie. El Pont des Arts y el tablón que desliza a Talita a la ventana de Horacio conduce siempre al mismo centro ilusorio; son la imagen de esa pequeña magia, de esa cosa divertida, esa palabra. Abajo corren los ríos metafísicos, hay que cruzarlos, aunque llueva o se caiga el mundo.

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