Columnistas

De libros y mudanzas

Aquí supimos que los deseos se cumplen y que las esperanzas se pueden alejar como el sol de la mañana

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:28 / 27 de agosto de 2015

Desde hace un par de meses sabíamos que nos íbamos a mudar y seguíamos nuestras vidas como si nada, hasta que nos dimos cuenta que la fecha límite vino a nuestro encuentro de manera veloz, entonces salí al patio trasero y miré a los inmensos mangos florecidos cuyas frutas ya no podremos disfrutar ni regalar a nuestros amigos; miré a los patujús y a los jarajorechis que florecen espléndidos en septiembre, así como al guayabo que da frutos varias veces al año. Los miré como se mira a unos amigos a los que estaba abandonando y me sentí culpable.

En nuestra casa vivimos con Carmen, mi esposa, más de 20 años, y se criaron dos de mis hijos, Luis Antonio y Carmen Lucía. Aquí criamos gallinas, tuvimos un gallo, muchos loros bulliciosos, un par de gatos ingratos que se fueron tras sus amores y uno que murió en los brazos de Carmen; perros de varias razas que nos fueron robados, una perrita que murió atropellada por un infeliz; hasta llegar a las dos perras mestizas que nos regalaron y que ya son parte de la familia.

Aquí supimos que los deseos se cumplen y que las esperanzas se pueden alejar como el sol de la mañana, hasta desaparecer en la alta noche oscura. Siempre quisimos que los amigos de nuestros hijos vinieran a la casa para no preocuparnos por ellos, y así fue, nuestra casa se convirtió en el lugar de encuentro y los chicos se comían, a veces, todas nuestras provisiones. No importaba, sus risas lo solucionaban todo.

La mudanza es un encuentro. A medida que íbamos guardando las cosas nos encontramos con fotografías antiguas, con una gran variedad de objetos perdidos, adornos que volvían a sorprendernos, cuadros regalados por artistas amigos y algunas cosas en mal estado, que, lamentablemente, tuvimos que botar (palabra fea para las circunstancias).

En lo personal, me dediqué a encajonar mis libros y me reencontré con autores conocidos y desconocidos, bolivianos y extranjeros. Nunca pensé que hubiera tenido tantos libros, porque desde hace años los vengo donando y, como por arte de magia, siguen apareciendo en mi casa. Si hasta parecía que los estantes eran un prodigio y por cada uno que guardaba aparecían dos. Así que decidí donar centenas de ellos, teniendo cuidado de seleccionar para mí los que me habían dedicado con mucho cariño, los que había intercambiado en encuentros de escritores y los que por el azar, que es otro de los nombres de Dios, me había hecho autografiar en las ferias de libros y los festivales de poesía a los que he asistido, de autores como Augusto Monterroso, Ernesto Cardenal, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Evgeni Evtushenko y otros.

Me reencontré con libros de queridos amigos que ya ocupan su lugar en el panteón de la literatura, como Jorge Suárez, Jesús Urzagasti, Roberto Echazú, Yolanda Bedregal, Alcira Cardona, Adhemar Uyuni y muchos más. A todos ellos los acaricié y leí algún fragmento como un homenaje a su recuerdo. Me hallaron desprevenido libros obsequiados por alguna que otra enamorada, sus dedicatorias me recordaron mis años juveniles cuando vivía sin dioses en el cielo ni amos en la tierra. La mudanza aún no acaba.

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