Columnistas

La literatura, ayer y hoy

Mirar para atrás mientras se avanza hacia un lugar donde el texto quizá ya no exista

La Razón / Wálter I. Vargas

00:39 / 29 de diciembre de 2012

Como los chinos son ahora poderosos y hay que respetarlos, reciben mayor atención mundial, y una forma de hacerlo es darles premios Nobel a granel. El nuevo agraciado ha sido el novelista Mo Yan, que ha desatado polémica porque al parecer mantiene una relación ambigua con el autoritarismo del régimen chino, pues no ha sido muy explícito en su solidaridad con la escandalosa situación de su compatriota, también Nobel, pero de la Paz, Liu Xiaobo, condenado a 11 años de prisión por atacar al Partido Comunista Chino.

Vieja y hasta un poco cansadora discusión, la del compromiso del escritor frente al poder. Y vieja la costumbre de usar el famoso premio para accionar pulsetas ideológico-políticas. Pero de un Alexander Solzhenitsin, pongamos por caso, se podía discutir en base a lo que había escrito y vivido frente al oprobioso Gobierno soviético. En cambio, de este Mo Yan sólo sé decir por lo pronto (y me temo que en buen tiempo) que ha escrito Sorgo rojo, la novela que dio pie al muy buen film del mismo nombre. Nos equivocamos al pensar a la literatura como lo que fue en algún momento previo de la historia, y no lo es más en esta época, más bien posliteraria, más bien plenamente audiovisual.

Ese frecuente hecho de conocer una obra literaria por la película que ha originado debería bastar como argumento de lo que acabo de decir, pero para hacer esto más interesante quiero contraponer esta realidad actual con la conmovedora historia del escritor polaco Józef Czapski, que en medio del invierno europeo de 1940-1941 y a manera de distraer el cautiverio, dictó algunas charlas sobre Proust a sus compañeros de infortunio, prisioneros en el campo de internación soviético de Griazowietz. El frío llegaba a la casi inverosímil cifra de 45 grados bajo cero, y él estaba enfermo. Pero lo que asombra más es que en medio de tan atroz situación y al no tener a mano un ejemplar de la obra para preparar sus conferencias, confiaba en su memoria para recordar las muchas partes y los muchos personajes de la enorme novela del francés ¡Se acordaba casi literalmente de las largas oraciones proustianas!

Si eso no bastara, quien reseña este libro (que acaba de aparecer en España bajo el título de Proust contra la decadencia. Conferencias en el campo de Griazowietz) dice además que Czapski cuenta en otro libro cómo en el campo de prisioneros leían una novela de Balzac rotando las hojas sueltas, conjeturando, si faltaba alguna, qué podría haber pasado en el entretanto con los personajes.

Ni qué hacer, el siglo XX, en que se podía vivir esas escenas de carencia elemental de lectura, difiere y mucho de este naciente XXI, en el que todo está ahí, a disposición para… no ser leído, sólo apuntado como una información más.  Claro, la circunstancia de semejante guerra no fue necesariamente la situación regular del siglo XX, pero da una idea de la diferencia funcional de la literatura. Este asombroso lector de Proust se asemejaba a éste, al agarrarse de la literatura como a una tabla de salvación, uno como lector, el otro como escritor. Así, la unicidad del libro era salvada por el albur del oprobio, lo que permitía sumergirse en la literatura de una manera que la sobreproducción, el fácil acceso y la velocidad informativa actuales hacen poco posible.

Yo estimo que el señor Mo Yan ha de tener sus virtudes literarias, pero es que me faltan resuello y tiempo para buscarlas, concentrado como estoy estos días en reencontrar las que alguna vez vi en Celine. Sin embargo, me gusta imaginar a una humilde campesina china de una pequeña aldea de 900 mil habitantes (en la escala china) para la cual Mo Yan es el Proust que le abre las puertas de un mundo minucioso.

En cuanto a nosotros, hombres a caballo entre ambos siglos (dicho sea de paso, ¿no sería bueno poner a punto la muletilla y decir algo así como “viajando en moto entre dos siglos”?), a nosotros, digo, quizá sólo nos quede asumir la conseja benjaminiana de hacer como el ángel de Klee: mirar para atrás mientras se avanza hacia un lugar donde el texto tal como todavía lo conocemos quizá ya no exista.

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