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Me llamo Muhammad Ali

En Santa Cruz de la Sierra, una jovencita me pidió que le firmara un libro mío de una edición pirata

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:31 / 31 de diciembre de 2015

En 1983, publiqué mi primer libro y lo presenté en el paraninfo de la Universidad Mayor de San Andrés. Desde entonces han pasado más de 30 años y he presentado libros en varias ciudades de Bolivia y del extranjero. En esas ocasiones siempre me suceden cosas agradables y hasta extrañas. Me encuentro y reencuentro con familiares y amigos, así como con lectores que siguen mi producción literaria. En Lima, Perú, se me acercó un joven que tenía tres libros míos y había viajado varias horas para que le firme los ejemplares adquiridos en la ciudad de La Paz, hacía un tiempo atrás. En Santa Cruz de la Sierra, una jovencita me pidió que le firmara un libro mío de una edición pirata y lo hice sin aclararle nada, porque percibí que estaba encantada con la lectura de mi novela.

No faltan los imprudentes que mientras estoy autografiando a gente que ha tenido la amabilidad de comprar los libros, se me acercan impertinentes y me dicen en voz alta (como para que escuchen los demás), “No te olvides que me debes tu libro”. Es cierto que me gusta obsequiar mis libros y lo hago con mis amigos y amigas e incluso con gente que me cae bien; sin embargo, los que me los piden como si fuera una obligación no son justamente amigos míos. Otra cosa es un amigo sin dinero que espera que se lo regales, porque realmente quiere leerte y no para jactarse de que el autor se lo regaló.

Lo más extraño que me ha sucedido fue este año en la capital cruceña. Resulta que me encontraba firmando autógrafos después de la presentación de la Antología de poesía de Bolivia y se me acercó una señora bastante producida, con un vestido de fiesta lleno de lentejuelas y brillos, pestañas postizas y un peinado alto de los años 60; no tenía un libro mío en la mano y en cambio me pidió tomarse unas fotos conmigo. Yo accedí de buena gana y empezó una sesión que nunca imaginé; la señora me pidió que la abrace, mientras una mujer más joven —que luego me enteré que era su hija—, nos tomaba fotografías; luego se apoyó en mi hombro, se puso al otro costado, me abrazaba de la cintura y me besaba en las mejillas; mientras tanto, la gente que hacía cola se impacientaba. Se acercó una buena amiga y le hizo notar que había personas esperando por mí, ella no le respondió y le dijo a su hija que le tocaba el turno. La hija repitió los movimientos de su modelo materno ante un público inquieto, y para cerrar —habían pasado cerca de cinco minutos—, la señora de los labios rojos me preguntó quién era yo. Me quedé atónito y no sin cierta vacilación le dije que Muhammad Ali, y luego le reproché que no era posible que ellas estén ahí sin saberlo. La doña me miró como disculpándome por mi atrevimiento y me aclaró que ellas estaban de pasada y que, en la calle, escucharon a alguien que decía que adentro había una recepción brindada por una personalidad y que subieron a tomarse fotos para luego subirlas al Facebook. “Cómo se escribe su nombre”, espetó, y yo, acorralado, se lo deletreé.

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