Columnistas

El llanto de los expoderosos

Muchas veces he tenido la sensación de que el poder es el mismo Satanás que se apodera del sujeto

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

03:19 / 24 de enero de 2015

Se ha convertido en moneda común las irreprimibles lágrimas de la autoridad que cesa en funciones y mira desde palco cómo otra ocupa su lugar. Muchas veces he tenido la sensación de que el poder es el mismo Satanás que se apodera del sujeto, y lo cambia al extremo de que ya no es la misma persona que humildemente asumió “con los mejores deseos y promesas de servir y no servirse del cargo, y gracias por la oportunidad y la confianza (...)”.

La norma (por supuesto que hay excepciones) es que el poder cambia a la persona. Si era amigo, ya no lo es, si era conocido, te desconoce. Desarrolla nuevas relaciones con gente tan “importante” como ella, de su nivel; siempre anda escasa de tiempo, camina rápido como para dejar claro que sería una imprudencia imperdonable hacerle perder tiempo. El vehículo oficial que utiliza siempre está atrasado, por eso lleva una sirena, con un ruido insoportable para que peatones y otros vehículos le abran paso. El poderoso siempre está a la defensiva. Es muy raro el caso en el que el poder se utilice para hacer el bien.

Lucifer y Satanás juntos deben encarnar el poder, porque, cuando abandonan el cuerpo, el expoderoso lo primero que hace es llorar, como si doliera. Luego, el sujeto vuelve a ser el de antes, va a pie, saluda, abraza a los amigos y reconoce a los conocidos. Les habla como si nunca hubieran sucedido sus desplantes, sus groserías y su desfachatez. Da la impresión de que sufrió un exorcismo.

Hace pocos años, el presidente Evo Morales no pudo evitar una sonrisa al cambiar a uno de sus ministros (que había llegado al cargo después de ser diputado). El Presidente trató de calmarlo, al recordarle que dejaba un cargo para ocupar otro tal vez más elevado. Hombre privilegiado, no caía del fuego a las brasas como sucede a los que nacen estrellados. Éste iba de nube en nube, pero no disimulaba su angustia por esas horas o días sin poder.

Algunos parecen convencidos de que el cargo les esperaba antes de nacer. Si no, ¿cómo se explica que algunos periodistas digan que hay políticos de “pedigrí”, porque son bisnietos, nietos e hijos de políticos? Ni han dejado un cargo cuando ya aspiran a otro, hacen lo que sea para ser candidato ganador (nadie saca uñas y dientes cuando no tiene la certeza de ganar).

Sin embargo, también es posible que no todos los demonios tomen el cuerpo del poderoso. Alguno debe quedarse fuera para dirigir el coro de chupamedias que halaga al poderoso, que aplaude incluso sus errores, derrama veneno en sus oídos y le recuerda 666 veces al día su genialidad.

En 1978 vi llorar al dictador Hugo Banzer, quien nunca demostró piedad ni remordimiento. Se estima que 150 de sus prisioneros políticos fueron desaparecidos, intercambió prisioneros políticos con otros como él en el tenebroso Plan Cóndor. Agobiado por el cáncer, se negó a revelar el paradero de por lo menos uno de sus desaparecidos, pese a miles de súplicas. Pero lo vi llorar al irse de Palacio, lo que parece demostrar que el poder no discrimina cuna, credo, ni ideología. O puede ser que las del poderoso en desgracia sean lágrimas de cocodrilo (no me consta, pero dicen que el cocodrilo llora después de satisfacerse con su víctima).

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