Columnistas

Somos llanto o somos risa

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:12 / 28 de mayo de 2014

La buena literatura no aburre nunca, querido Isaac". Y el Turco —que en realidad es sirio y se llama Abbas Durcilas (aunque todo el mundo en La Paz le dice de cariño Habitas)— le responde a su amigo judío: "De hecho, sí. Las buenas novelas aburren mucho más de lo que se quiere admitir, es un cliché circular: formas que se repiten y repiten hasta el aburrimiento, pero como nadie lo quiere aceptar, vuelven a repetirse y vuelven a aburrir". Así hablan dos de los personajes de la última novela ganadora del premio nacional, Pasado por sal (Alfaguara) de Cé Mendizábal. Y puede que el Cé tenga razón, puede ser que las buenas novelas no hagan otra cosa que copiar fórmulas. Si es así, si el Cé y el Turco tienen razón, Pasado por sal cumple a la perfección: la buena literatura no aburre nunca.

Mendizábal (tan afecto al mundo clásico, verdadero manantial de historias infinitas) oficia de moderna Sherezade, la narradora de Las mil y una noches, la que contaba relatos todas las noches para salvar vidas. En la novela de Mendizábal se narran historias para combatir las soledades de sus personajes; para beber y joder (en) la noche paceña; para sepultar la desmemoria a base de grandes sorbos en cantinas y lupanares de quinta; con ese particular humor paceño de desvelo, drogas y puchos.

Pasado por sal de Cé Mendizábal es una maravillosa y entretenida novela coral de casi 350 páginas con un objetivo único: explotar y gozar con la búsqueda febril del ingenio. Los entrañables y odiosos personajes (desde el machista, corrupto y stronguista Aga, hasta la enigmática y excitante Midori Nalgashiro, la beniana japonesa de Santa Ana de Yacuma, reina suprema en el Gallo de Oro) hechizan al lector con cuentos extravagantes, con "inventos" paródicos, con azares y coincidencias; todos bajo la dictadura de un mecanismo perfecto cual reloj con impulsos sellados.

Recorremos la ciudad y sus barrios, la noche paceña para no verla más. Nos atornillamos en sus antros y su geografía maldita (el Redondo, 24 de septiembre, el Sweet Moon, el Golden, el 111, el Gallo de Oro, el Chahuaya, el Hogar Kusillo...) El "Cé-rezade", narrador inquieto con una portentosa habilidad para contar, te acomoda en su mesa y no para de largar: el béisbol como explicación imperialista con sus bases del modus vivendi individualista de los gringos; la muerte, como la gran mamada de Occidente; los huevos de Romanov; las borracheras de Orson Welles en el Jesús del Gran Poder... y así hasta el amanecer, así hasta morirnos por primera vez.

Cé Mendizábal llevaba muchos años, demasiados, sin escribir una novela, desde que en 1999 ganara por primera vez el Premio Nacional. El Cé trabajó en algunos periódicos y se perdió. Sí, es cierto, publicó algún libro de poesía y de cuentos, pero se perdió. Quiero creer que en esos largos años estaba haciendo investigación de campo para Pasado por sal; quiero pensar que estaba expiando soledades a costa de la propia muerte. Me gusta imaginarlo —mientras leo su novela— como ese gran fabulador de la noche habitante de ese mundo oculto, perteneciente a esa calaña inimitable de tipos con labia sin fin y un poderoso imán para sentarte a la mesa y contarte mil historias atrapantes, mil disparates para no dormir, para seguir vivos.

La última novela del "Cé-rezade" simpatiza con cretinos, chupacos, putas y puteros locos, reventados, curas y monjas, oficinistas corruptos, rayados y crápulas racistas; todos y todas condenados a morir para tener algo que contar; partícipes inconscientes de esta cultura del desmadre y el exceso que nos caracteriza; de este ir y venir por la tragedia y la epopeya sin pasaje de retorno. Somos llanto o somos risa, somos el kusillo que brinca, jode y se burla, de todo; somos relato, somos como el "Cé-rezade". Hasta que llegue otra vez el lunes.

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