Columnistas

Cuando la luz estorba

A partir de su funcionamiento nocturno, es posible clasificar en concurridas, muertas y olvidadas

La Razón / Patricia Vargas

00:45 / 19 de abril de 2012

Caótica, esta sola palabra para definir una ciudad es un reduccionismo del valor de su complejidad y ello significa matarla de alguna manera. Si bien sabemos que el caos, el desorden y las carencias forman parte de algunas realidades urbanas, esa aseveración es liviana ante sus transformaciones nocturnas, en las que casi todo es apocalíptico.

El espacio público —visto desde distintos ángulos— nos ha ido demostrando el infinito sentido que conlleva. Su valor radica en que es el lugar vital de toda ciudad, sin olvidar que al estar despojado de todo espíritu, puede ser relacional, pero también infrarrelacional. No cabe duda de que en todo ello existen contradicciones, especialmente entre los tiempos y el espacio de su vivir diario. Dentro de ellos, cuando la luz estorba.

La Paz es una de las urbes que tiene un importante número de plazas y quizás muchas de ellas son las más bellas del país. A partir de su funcionamiento nocturno, se podría clasificarlas en concurridas, muertas y olvidadas. Unas (cuya vivencia de día es otra) cambian de noche sorpresivamente, convirtiéndose en parte de la ciudad oculta que transgrede todo tipo de reglas. Allí, el mundo subterráneo muestra el otro rostro de la urbe, que se debate entre el desencanto y el vacío, apoyado en la crisis, el alcohol y la tristeza. Y es justamente en esos sitios donde algunos sectores de la juventud se mueven.

Otras en cambio —las que están ubicadas cerca del corazón vital de la urbe— en el día funcionan esencialmente como referentes urbanos. Pero en la noche, esas pequeñas plazas parecen ser el lugar de contactos extraños y posiblemente lo prohibido prima sobremanera. Se observa que entre sus visitantes no faltan quienes aparentemente han llegado a pensar que la vida es un desperdicio y la caída es su expresión de aquello.

Pero  no debemos olvidar a las que ni de día y menos de noche han sido apropiadas por la población. Esas plazas, generalmente abandonadas, se muestran como fantasmas urbanos en las que hasta el transitar produce temor.

Distintas realidades que reconfirman que la ciudad representada en el pensamiento, produce sensaciones (algunas veces) de encantamiento, pero también de engaño, o en su caso, de aprecio, pero también de repudio. Sin embargo, el conocerla dentro de su mundo plural y su vivir diario motiva el afirmar que muchos de esos lugares públicos necesitan ser reinventados y también reconstituidos con atractivos singulares, especialmente a ciertas horas.

De noche, las plazas de cualquier urbe del planeta presentan posiblemente realidades similares. La ausencia de todo mito parece ser la causa para que lo transitorio y lo fallido acompañen el ahora apocalíptico de esos lugares en el horario nocturno. Esta situación se remarca por la soledad sin límite que transmite el sólo observarlas.

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