Columnistas

‘La luz de la memoria’

Cuando tenía siete años empezó mi aprendizaje de cómo actuar en caso de golpes de Estado

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 14 de abril de 2013

El primer golpe de Estado es como el primer amor: inolvidable. Ambos acontecimientos los viví en la ciudad de La Paz, donde habíamos llegado con mi madre y mis hermanas a vivir en la década del sesenta. Aunque los primeros amores también pueden ser traumáticos, por ahora hablaremos de los golpes de Estado. El primero sucedió en 1964 cuando tenía siete años, y la verdad es que solamente me enteré que los militares, al mando de un Gral. Barrientos, habían derrocado a un presidente que le decían “mono”.

Allí empezó mi aprendizaje de cómo actuar en caso de golpes, un aprendizaje que costó mucho dolor a los bolivianos. El segundo golpe sucedió en 1969 con un tal Miranda al mando; y el tercero, en 1970, encabezado por el Gral. Ovando, ya para entonces éramos expertos en la sobrevivencia y bastaba un rumor para que mi madre se abasteciera de alimentos, vaciando con otras familias los mercados populares y las tiendas de barrio. Horas antes, de que la radio Eduardo Abaroa empezara a pasar marchas militares y boleros de caballería, además de los consabidos mensajes de los salvadores de turno de la patria, los niños y jóvenes sabíamos que teníamos que tapar las ventanas con colchones para evitar que las balas penetraran a nuestros hogares, llenar con agua potable todos los recipientes posibles, colocar las velas y los fósforos a la mano y esperar que la mentada “revolución restauradora” pasara sin muchos muertos.

En el golpe de 1971, yo tenía cerca de 14 años, y con mis amigos del barrio de San Pedro nos fuimos a la plaza a mirar cómo los presos del panóptico salían huyendo de la puerta principal. Esa vez me interesé por lo que pasaba y me fui dando cuenta de que algunos amigos y conocidos de mayor edad, que estudiaban en la universidad, fueron desapareciendo, otros salieron al exilio y otros más cayeron presos. Aunque al principio nadie apostaba que Hugo Banzer iba a durar siete años, lo hizo, pese a que sus propios camaradas intentaron sacarlo del Palacio Quemado en varias oportunidades. Banzer gobernó Bolivia en uno de los periodos más oscuros de las dictaduras latinoamericanas, años en los que en los países vecinos también fueron desaparecidos miles de jóvenes idealistas.

A fines de 1977, junto a centenares de jóvenes, me sumé a la histórica huelga de hambre que iniciaron la mítica Domitila Chungara, cuatro mujeres mineras, y los curas Luis Espinal y Xavier Albó, exigiendo la amnistía general e irrestricta para los presos y exiliados políticos. Caí preso junto a varios compañeros. Luego vinieron otros golpes y tras el de García Meza salí a México, donde conocí a Juan Rulfo, que era presidente del Comité mexicano de solidaridad con el pueblo boliviano.

¿A qué vienen todos recuerdos? pues a que en el Centro Cultural Santa Cruz, el 17 de este mes se inaugurará La luz de la memoria, muestra que, a decir de su creador y curador, Edgar Arandia, es una “crónica de un tiempo oscuro” que pretende a través del arte mostrar la violencia política que vivimos esos años en los que teníamos que caminar con el testamento bajo el brazo. La memoria está hecha de recuerdos y éstos son los míos, quisiera que recuerden los suyos y se los cuenten a sus hijos y nietos para que sepan que no siempre hubo democracia, y así aprendan a valorarla.         

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