Columnistas

A la madre en su día

La Razón (Edición Impresa) / Julio Ríos Calderón / La Paz

10:55 / 28 de mayo de 2016

La madre asoma siempre fiel  a sus ideales. Con su estandarte  de paz y de amor, nos  guía y nos enseña constantemente,  en especial a sus pares masculinos.

Jamás pierde de vista sus objetivos  y los defiende a capa y espada,  puñal o lanza, arco y flecha, para vencer  cualquier obstáculo; al mismo  tiempo en que, con ternura y gentileza,  extiende con la otra mano sus  lazos inagotables de amor, fe y esperanza,  para todos quienes la rodean. 

El 27 de mayo, Día de la Madre, en  testimonio a la labor guerrera de las  heroínas de la Coronilla  en Cochabamba,  retomamos la  idea que nos retrotrae  en este preciso  tiempo y espacio,  para recordar que jamás  debemos olvidar  su valiosa misión. 

Dar gracias no  basta. Somos herederos de una historia  de enormes condicionamientos  que, en todos los tiempos y en cada  lugar, han hecho difícil el camino de  la madre, despreciada en su dignidad,  olvidada en sus prerrogativas,  marginada frecuentemente e incluso  reducida a la esclavitud. Esto le ha  impedido ser ella misma, y ha empobrecido  a la humanidad entera de auténticas  riquezas espirituales.

Más allá de recordar todos los momentos  dolorosos y tristes por los que,  a causa de la ignorancia del hombre,  han tenido que pasar las mamás en su  rol de mujeres a través de los años, no  existe mejor reconocimiento que abrir  nuestra mente y nuestro corazón para  reverenciarlas hoy y siempre por su valor  intrínseco.

No existen palabras lo  suficientemente hermosas ni elocuentes  para expresar nuestros sentimientos  para el Día de la Madre.  Jamás entenderemos con exactitud  todo lo que significa ser madre,  menos lo que implica ser portadora  de la vida y guardián de la auténtica  naturaleza humana.

Difícilmente dejaremos  de asombrarnos ante el misterio  físico y espiritual más grande de  todos; ese grandioso milagro natural  que contiene y protege a la vida misma  en sus propias entrañas, y que después,  sin egoísmo,  sino como el acto  más puro de amor, se  desprende de dicha  vida que con tanto  fervor cuidó en su interior  para permitir  el nacimiento de un  nuevo ser de la luz. 

Por ello, por el hecho  mismo de ser mujer, destacamos  a la madre. Pues, con la intuición propia  de su ser enriquece la comprensión  del mundo y contribuye a la plena  verdad de las relaciones humanas.

La flor de la kantuta es la flor de Bolivia:  roja como sangre, amarilla  como el sol y verde como la esperanza.  Tiene en su origen sangre, color  de labios de mujer, beso de amor. 

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