Columnistas

La magia del 31

La fiesta del 31 de diciembre convierte a toda esperanza en una contingencia posible

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 09 de enero de 2014

La noche del 31 de diciembre es la fiesta más importante del calendario anual, porque se fundamenta en la magia de la esperanza. Esta fecha, que contiene mucho de privada, no deja de ser una actividad colectiva popular. La cartografía en la que se vive esa celebración es tan amplia que no solo se festeja en todas las ciudades del planeta, sino en cualquier rincón habitado. Con ello, todos esos lugares son beneficiados por una importante carga de sentido. Bienestar, salud, prosperidad son algunos de los pedidos usuales para el nuevo año.

Situaciones anheladas, que si bien no vienen casadas con un certificado de cumplimiento, tampoco se muestran (a la medianoche) como algo utópico o irrealizable para la mente humana. Así, esa fiesta logra acercar lo real con lo imaginario, convirtiendo a toda esperanza en una contingencia posible.

Existen ciudades que son capaces de concentrar hasta un millón de ciudadanos la noche del 31 en ciertas avenidas o calles (Times Square), en otras se realizan concentraciones populares masivas en lugares simbólicos de su historia o cultura (Berlín). Allí, esos espacios públicos resaltan por sus distintas expresiones de algarabía, pero lo fundamental es la complicidad —en ese tumulto humano— de anhelos similares.

La Paz es una ciudad cuya población recibe al nuevo año no solo a partir del alimento o las bebidas, sino también el vestuario. De esa manera, esa noche no está exenta de simbolismos y rituales que están basados en costumbres y hábitos. Se prepara con esmero la comida, no faltan ciertas frutas y juegos pirotécnicos. En mayor o menor medida, esos elementos son realmente valiosos esa noche. Y el secreto de su valor radica no en la sobriedad de su elección, sino esencialmente en su significado, ya que éste alimenta el anhelo de la bienaventuranza. Todo esto, además de romper la vida cotidiana de la población, se convierte en la fuerza que empuja a iniciar con brío los planes trazados a futuro.

Pero allí no termina la magia del 31, pues a pesar de que hay quienes afirman que el año nuevo es una fiesta a puerta cerrada, La Paz vibra a las 12 de la noche. Los distintos rituales callejeros hacen presencia. No faltan aquellos que se asientan en las esquinas de ciertas plazas (con el brasero caliente con plomo diluido) para leer la suerte a los que buscan saber cómo les irá en el nuevo año, en este caso en 2014. Tampoco faltan aquellos caminantes nocturnos que sueñan con viajar, y que (maletas vacías en mano) aparecen en las calles para luego esconderse en la oscuridad de la noche. Algo particular (como ya mencionamos en otro artículo) es la luz en las laderas, la cual no solo trae la alegría, sino que además engalana, delinea y remarca (con los fuegos artificiales) la forma natural de anfiteatro que tiene esta ciudad gracias a sus cerros.

Sin embargo no todo es agradable esa noche. Las transgresiones son muchas. Esto debido al excesivo consumo de alcohol. Y es que si bien las bebidas forman parte de la algarabía y el brindis del nuevo año, no cabe duda de que los límites desaparecen y la magia del 31 es empañada por el prefacio de historias que parecen relatar quienes se embriagan hasta olvidar dónde dejan y apoyan sus cuerpos.

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