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La mala hora

Nuestra forma de disfrutar del ocio es tan nerviosa y estresante como nuestro propio trabajo

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado

02:13 / 21 de noviembre de 2015

Existen algunos días, a veces semanas o meses, incluso años, en que parece que todo nos sale mal. Como expresa el dicho popular: Sobre mojado, llovido. En esos días cuando uno se levanta con el pie izquierdo todo nos sale mal, todo parece complicado, hasta el respirar se hace pesado y, lo que es peor, ello nos conduce a actuar agresivamente con todo el mundo, como si ellos fuesen los culpables por nuestras adversidades. En esos días lo recomendable sería no salir de la casa o, mejor aún, no levantarse de la cama.

El problema no es que los dioses del Olimpo hayan querido confabular contra nosotros ni nada por el estilo, se trata de un problema de equilibrio. El primer equilibrio es nuestro equilibrio interno, es decir debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos, de manera que tengamos un plan para alcanzar los mismos. Si no sabemos dónde estamos yendo, no será posible elegir la dirección más adecuada.

Seguramente que en el camino hacia nuestros  objetivos tendrá dificultades, sin embargo debemos ser conscientes de que las complicaciones no han sido puestas en especial para nosotros, sino que el alcanzar cualquier objetivo necesariamente tiene un costo.

De allí se deriva un segundo equilibrio, me refiero al equilibrio respecto al entorno. De acuerdo con la milenaria tradición del feng-shui, el centro de gravedad del entorno es la familia, son los flujos de energía del hogar los que determinan nuestra armonía interna y, lo más importante, la acumulación de energía positiva que logremos en el hogar, determinará si nuestras acciones tendrán resultados positivos o negativos. Así, el hogar se constituye en una especie de estación de servicio de energía positiva.

El otro equilibrio, probablemente el más complicado de alcanzar, es respecto al tiempo. La dificultad de manejar el tiempo deviene del hecho de que la vida moderna ha sobrestimado el paso del tiempo, lo que nos ha conducido a hacer del apuro la regla que rige nuestras acciones. La idea de que más es preferible a menos no solamente ha invadido nuestro tiempo de trabajo, lo que eventualmente podría ser deseable, sino que la prisa también se ha apoderado de nuestro tiempo de ocio. Nuestra forma de disfrutar del ocio es tan nerviosa y estresante como nuestro propio trabajo.

A pesar de lo anotado, es posible que hoy haya sido para usted un día de perros, como enfrentó Al Pacino en su película Tarde de perros; si ese fuese el caso, le sugiero recordar la célebre frase de la película Lo que el viento se llevó, cuando la bella Scarlett O’Hara dice: “Al fin y al cabo, mañana será otro día”.

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