Columnistas

Las malditas gemelas

La informalidad y la ilegalidad campean en la mayoría de los actos de nuestra vida cotidiana

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:04 / 21 de marzo de 2012

Si por separado son perniciosas, juntas son dinamita. De hecho,  pueden hacer explotar instituciones y logran que salten por los aires leyes apenas saliditas del horno legislativo. En Bolivia, la informalidad y la ilegalidad campean en la mayoría de los actos de nuestra vida cotidiana, incluyendo, cómo no, la política y la economía, como parte de un maridaje entre población y autoridades.

Informalidad es, por definición, fuera de la norma, de lo instituido. Es un concepto utilizado originalmente sobre todo en el ámbito de la economía, para aludir a emprendimientos por cuenta propia, a relaciones laborales y actividades de generación de ingresos que mucha gente lleva adelante como parte de economías de subsistencia. Son estrategias validadas por la debilidad, cuando no la ausencia del Estado para regular las actividades económicas y para ofrecer alternativas de empleo formal a la población mayoritaria en situación de pobreza. Si bien no hay una relación directa entre pobreza e informalidad, es bien conocido que en los países sudamericanos el comercio informal se ha vuelto intrínsecamente una estrategia económica.

Como muchos estudios demostraron, no es sólo un asunto de la gente. El Estado también contribuye al crecimiento de la informalidad emitiendo normas confusas, contradictorias y, muchas veces, imposibles de cumplir o, simplemente, omitiendo el cumplimiento de sus responsabilidades para que, a través de esas fisuras, goteen los recursos que generan la exacción y la corrupción. Por ello, las actividades informales no siempre son ilegales ni, menos aún, gratuitas. Por ejemplo, los comerciantes informales pagan “sentaje” a las alcaldías y cuo5tas a sus directivas, como parte de una cadena menuda pero extensa y permanente de contribuciones.

La ilegalidad, que es por definición fuera de la ley, roza permanentemente la informalidad y, tal como están las cosas en nuestro país, en este estado de auto representación y exacerbación de los intereses localizados, la gente las cría y ellas se juntan y, de ese modo,  más que gemelas, “las malditas” se vuelven siamesas.

Ejemplos al canto: recientemente, primero en Yapacaní y luego en la ciudad de Santa Cruz, asociaciones de taxistas de moto bloquearon calles y carreteras,  para no pagar impuestos. Que por cierto nunca pagaron, porque muchos compran sus motocicletas del contrabando, sin contar que no usan casco ni identificación y que corren como locos, vulnerando todas las reglas humanas y divinas. Otro ejemplo son los recursos de la presión social, cada vez más violentos, como cierre de válvulas y bloqueos que conllevan prácticas de amedrentamiento y exacción a los viajeros.

Podemos seguir enumerando: el contrabando, el comercio en las calles, las ferias y su circuito de redes para monopólicas, el avasallamiento de tierras, de minas y de yacimientos, los enfrentamientos por límites, y un largo etcétera.

¿Es resistencia y ausencia de Estado? ¿Es sólo teoría del chenko? O es mucho más,  que tiene que ver con aspectos culturales de renuencia a las leyes, a la autoridad, a la formalidad. ¿Hasta cuándo y hasta dónde llega el discurso de la pobreza para encubrir la ilegalidad como nuestra forma de vida?

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