Columnistas

Los malos en Mali

Pese a la paz francesa impuesta, quedarán imborrables cicatrices del paso de los bárbaros

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

01:32 / 02 de febrero de 2013

No recuerdo quién dijo que Dios tolera las guerras para que los americanos aprendan geografía. Hoy que Mali está en el mapa de las noticias, columnistas y analistas acuden presurosos a Wikipedia para informarse acerca del legendario imperio africano y de su capital del Islam en el siglo XIII: Tombuctú. No es el caso de Francia, forzada a intervenir (por múltiples razones) en ese pleito aparentemente interno que confronta  su antigua colonia. El motivo principal es la necesidad de ayudar al Gobierno central a recuperar un vasto territorio norteño que estaba controlado por un mosaico de fracciones que, parapetadas bajo el paraguas islamista, son más bien bandas organizadas de traficantes de droga y de cigarrillos; además de perpetrar el secuestro de ciudadanos europeos, únicamente liberados mediante jugosos rescates que inflan su tesoro de guerra calculado en varios millones de euros.

La charia (o sea el código de costumbres y penalidades islamista) rige en las áreas ocupadas donde rigurosamente es aplicada. Fumar, beber, escuchar música o fornicar se castiga con decenas de chicotazos. Mano que roba es mano mutilada; y la mujer adúltera, indefectiblemente, lapidada. Es el reino del terror impuesto por las armas que curiosamente provienen de los arsenales saqueados en Libia, a la caída de Gadafi. En efecto, los tuareg combatían en destacamentos financiados por la Jamahiyria, y una vez derrotado el guía, retornaron precipitadamente a su desierto, llevando consigo armas y bagajes. Ese armamento sofisticado está siendo usado para resistir a la aviación francesa y a las infanterías africanas de los países vecinos, que constituyen la fuerza multinacional.

Paralelamente a ese enfrentamiento, fue significativa la toma de la planta gasífera en Argelia, lo cual demostró que el rebalse del conflicto hacia otros estados del África podría llegar a la costa mediterránea y filtrarse incluso en Europa.

Pero la drástica reacción argelina en la recuperación del predio hidrocarburífero recuerda que ya, en 1992, las elecciones presidenciales fueron ganadas por el Frente Islámico de Salvación (FIS), colectivo político radical. Al siguiente año, un golpe de Estado desconoció los comicios y precipitó la guerra civil que causó 200 mil muertos. Son los riesgos del juego democrático en el Medio Oriente. Hamas, considerado por Occidente como un grupo terrorista,  triunfó en Gaza y controla ahora esa franja. La hermandad musulmana, también fundamentalista, ganó y gobierna Egipto; y la alternativa a la dictadura sangrienta de Bashar al Assad, en Siria, podría ser peor que la enfermedad. Por todas esas razones, la Operación Serval fue oportuna y contundente. Los últimos focos extremistas están siendo reducidos por los aviones galos desde el cielo y por las tropas nigerianas, tchadianas y togolesas en tierra.

Lamentablemente, tal cual sucedió en Afganistán bajo la tiranía de los talibanes, en el norte de Mali, durante los diez meses de la charia salafista se demolieron templos y fueron quemados repositorios de manuscritos medioevales declarados por la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Pese a la pax francesa impuesta, quedarán imborrables cicatrices del paso de los bárbaros: mujeres violadas, reliquias históricas destruidas, y sobre todo se habrá exacerbado aún más la ancestral rivalidad entre el islam africano y el islam árabe. Tampoco están excluidas las vendettas de los vencedores contra los vencidos. Por todo ello, hará falta, al menos por un tiempo, una fuerza internacional de interposición y de vigilancia, para evitar el retorno de los indeseables.

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