Columnistas

Desde mi mano izquierda

No hay autosuficiencia en mi mano derecha; y sin ésta, mi izquierda no es, tampoco, nada

La Razón / Julieta Paredes Carvajal

01:14 / 30 de marzo de 2012

De pequeña, la primera vez que escuche la palabra izquierda fue en el colegio, cuando estaba aprendiendo a sumar y restar. Aquellos momentos de profunda reflexión teórica conceptual numérica estaban plagados de estímulos, todos ellos tan importantes para entender cómo funcionaba la vida, entender qué es el cuerpo, qué son los cuerpos que me rodean y las opciones que voy tomando ante la vida. A los seis o siete años, el mundo se te explica a veces con la humillación, los golpes o la punición.

Entonces, sea en la suma, la resta, la multiplicación o la división posteriormente aprendidas, el cero a la izquierda no servía para nada; a no ser que esté antes de una coma; ahí su valor es mucho más ‘minimizador’. Es decir, el cero a la izquierda seguido de una coma es menos que uno.

Entonces, en medio de mis sufrimientos aritméticos, de pronto mi profesora, mi linda profesora, aquella de quien estuve enamorada desde el primer día de clases, me lanza un grito y me dice: ¡Eres un cero a la izquierda!, ¡diablos! Quedé  paralizada, un fulminante rayo cruzó mi cuerpecito enmandilado de blanco y quedé fulminada detrás de mi pupitre; sentía que me iba empequeñeciendo a la mínima expresión, como Alicia en el país de las maravillas. Qué horror ser el cero a la izquierda, o sea que ¡yo no servía para nada!

Después, ya en la universidad, la izquierda me devolvió a la vida. El puño izquierdo levantado era la mejor manera de existir como joven mujer dentro de una universidad controlada por la dictadura. ¡Genial, la izquierda tenía sentido! Luego, mis primeros amores me llevaron a poner mi mano en el pecho para sentir mis latidos que querían arrear al galope, mi lado izquierdo del corazón, donde mis sentimientos desbocados cabalgaban a sus anchas. Cuando abrimos el proceso de cambio, empezamos a manejar más cotidianamente aquello de la iconografía precolonial, especialmente plasmada en los tejidos donde las mujeres somos representadas en el lado izquierdo.

¿Por qué toda esta larga introducción?, pues es para contarles que tengo enyesada mi mano izquierda y hay momentos en los que no puedo hacer nada. Así como suena, nada de lo que tengo que hacer, dependo a momentos de otras personas y he aprendido a callar mi autosuficiencia, a mirar que las cosas se pueden hacer de otro modo, no como yo pensaba, y que de este otro modo están bien también. Por supuesto que tardo un montón en hacer las cosas con una sola mano, que no hay equilibrio, y cuando quiero levantar algo pesado se me caen las cosas y hago desastres.

Por eso me da risa cuando me preguntan por mi mano enyesada y a continuación me dicen: “¿Pero con qué mano escribes?”. Y yo respondo, “con la derecha”. Y hay una especie de alivio. —Menos mal, me dicen. ¡Menos mal al carajo! No hay autosuficiencia en mi mano derecha; y sin ésta, mi izquierda no es, tampoco, nada.

Creo que mis reflexiones desde mi mano izquierda están curando mis supuestas inutilidades. Quiero recuperar todo mi lado izquierdo y entender la vida, mi cuerpo y los otros cuerpos más radicalmente desde mi lado izquierdo. Espero, a partir del próximo editorial, escribir con las dos manos.

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