Columnistas

El mar helado que hay dentro

Un niño que ve que sus padres leen es un futuro lector, que será un cachito más libre que el resto

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:39 / 11 de diciembre de 2013

Tenemos pocas librerías en Bolivia. Sitios donde puedas entrar a husmear, a chequear tapas, oler, tocar, antojarte y querer comprar hartos libros; la naturaleza humana es débil en las librerías. Entre La Paz y Santa Cruz somos millones de personas —casi tres— pero apenas llegamos a 20 librerías entre ambas ciudades. Es cierto que hay puestos de “piratas” y pasajes como el de Marina Núñez del Prado en La Paz, pero no es lo mismo.

Los libreros son una especie en extinción, quedan muy pocos con los que uno puede charlar sobre un autor, pedir una “extravagancia” o intercambiar criterios sobre la última novela boliviana publicada. Hay excepciones como el Escaparate Cultural de la 6 de Agosto, donde Juan Manuel Finot atiende con amabilidad, siempre presto a la charla; o El Baúl frente a la UMSA, donde René Canaviri te cuenta las últimas novedades que ha traído de Buenos Aires. En el pasaje Núñez del Prado también puedes pasear y conversar sobre literatura con tipos como Jaime Nisttahuz, escritor paceño, siempre en la barricada de su puestito, atento a resolver cualquier duda sobre libros, singanis... o mujeres.

Dicen por ahí en ferias importantes que el libro tradicional ha muerto. No es cierto. Su futuro está en su pasado. En su forma, en su tacto, en su calidad de objeto para ser comprado, coleccionado, guardado en tu cuarto, como parte de tu vida, de tus recuerdos, de tus amores y desamores. Nada de eso te puede garantizar un libro electrónico, lo siento Amazon.

Contaba un día Edmundo Paz Soldán que ya no carga diez o 12 (¡cómo pesa el papel!) en sus viajes, que todas las lecturas pesan lo que pesa su dispositivo móvil. Está todo bien, pero la forma física siempre será un atractivo: el prestigio no se improvisa. Listo, ya me puse otra vez nostálgico, esta vez de modo “cibernícola”. La pantalla ha muerto; viva el libro, carajo. La experiencia sensorial nunca tendrá rival. Sí, sí, ya sé: en el futuro, lo analógico y lo digital se complementarán.

Acá el problema es que los bolivianos leemos poco. Y hay muchas causas que explican este escaso apego por la lectura. Una, que es vital para mí, es el ejemplo. No vemos gente leyendo; no tenemos metro (todavía) y en los minibuses es casi imposible leer. En los trufis, de quinto pasajero, ni te cuento: es una osadía. En las casas nos pegamos como idiotas a la “caja tonta”. Groucho Marx pensaba lo contrario y aseguraba que la televisión era muy educativa: “Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro”.

Antes, hace muchos años, era “normal” ver al padre, a la abuela, a la tía, sentados en el sofá favorito disfrutando con un libro o con un periódico. En México, dentro del plan de fomento al hábito lector, se ha lanzado una propuesta que me gusta harto: diez minutos cada día (o noche) de lectura de los padres y madres con sus wawas. Un niño o niña que ve que sus padres leen o que les leen es un futuro  lector. Un tipo que de mayor será de libros tomar. Ya lo decía Cervantes: “El que lee y anda mucho, ve y sabe mucho”.

Así, serán ciudadanos de este mundo, un cachito más libres que el resto, como decía José Martí; más dueños de sus vidas. Leer para charlar, charlar para leer: lectura y ciudadanía van juntas de la mano (esa que hay que soltar para leer literatura erótica).

Reproduzcamos más bibliotecas públicas, más librerías, más puestitos en la calle; hay que prestar libros (y robarlos sin que te atrapen); hay que sacarnos ese tiempito (tan caro y tan barato a la vez) para dejar de poner atención a mil huevadas a la vez y sumergirnos (como decía Kafka) en esa historia-hacha que te va a romper el mar helado que hay dentro de nosotros.

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