Columnistas

El mar no reclama por nosotros

‘Mar’ es una alegoría abierta y poética, es la obra más atrevida y audaz del Teatro de los Andes

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:44 / 16 de septiembre de 2015

No importa no tener mar, hay más misterio en el fondo de un vaso de vino. Dos bolivianos charlan alrededor de una botella. Y el borrachito suelta la frase sabia, parida por el trago. Alcohol y mar, mar y alcohol. El mar se ha escapado por debajo de la puerta. La puerta, la memoria y el viaje son las metáforas que usa el Teatro de los Andes para colocarnos de nuevo frente al mar arrebatado. El humor, la autocrítica, la excelsa (como siempre) puesta en escena y montaje, y el talento de un trío actoral, junto a una dirección plena, son las armas que utilizan los de Yotala para colocarlos de nuevo delante del mar con la madre manipuladora muerta y el padre brutal ausente.

El mar no existe para los muertos y las montañas impiden a los vivos otear más allá del horizonte. La única agua salada que conocemos, tocamos y nos llevamos a los labios está en un gran salar, mientras seguimos cavando y cavando para encontrar la mar salada. Somos mineros, no marineros. El Teatro Municipal de La Paz se fundó en 1845, así dice una tela hermosa que cae desde su cielo. Pasaron obras y elencos después de su inauguración y de repente un día nos quedamos sin mar. “Hace falta ser bien confiados y huevones para perder un mar entero, puedes perder las llaves, el teléfono, la casa, hasta la memoria... pero ¿se puede perder todo un mar?”, dice un actor. Y el público esboza una carcajada que se transmuta poco a poco en pequeña sonrisa estúpida. El cuento ya es una desmesura.

Mar es una alegoría abierta y poética, es la obra más atrevida y audaz del Teatro de los Andes. Otros se quedaron con ganas de más (mar). Aquellas se acuerdan del “sol amarillo” y la crítica frontal al poder tras el terremoto de Aiquile, Mizque y Totora. Mar es un boxeador que no para de bailar en el cuadrilátero, que no se detiene un momento para golpear(te) y hacer(te) pensar, te pica como una avispa mientras sigue danzando (con el humor) como una hermosa mariposa multicolor. “Hablar del mar es de cholos”, dice otro actor en el papel de jailón sobrador. Y a continuación, los tres se enredan en una charla sin sentido sobre nuestra tristeza lánguida, mítica y eterna. Ni tristes ni lánguidos, somos melancólicos: ¿quién no lo sería después de tanta pérdida y derrota, simbólicas y reales? La tertulia terminará en el mar, en la ausencia.

La obra del Teatro de los Andes con tres gigantes sobre las tablas (Alice Guimaraes, Lucas Achirino y Gonzalo Callejas), bajo la dirección del argentino-ecuatoriano Arístides Vargas, es binaria. Somos así siempre. Frío y calor: de 40 grados en el oriente, a bajo cero cuando aterrizas en El Alto. ¿Gran Poder o Carnaval? ¿Pique macho o majadito? Drama y comedia, llanto ante las cámaras o festejo ruidoso durante horas y horas.

Cordillera blanca y playas de mentiras en Santa Cruz. ¿Por qué te quedas dormida cuando juega la selección boliviana de fútbol? El mimo, los pájaros y sus sueños, el acordeón nostálgico, el himno repetido y la corneta sarcástica son las herramientas que usa el Teatro de los Andes para recuperar el mar de papel y morirnos en él, enterrarnos en las olas. ¿Para qué queremos un mar? Para que se acabe nuestra soledad. A nuestro alrededor, una silla, una mesa, una puerta, un cuerpo, una danza, fantasmas de agua por doquier. ¿Por qué es necesaria tanta agua? El hermano pelea con el hermano, y ambos, con la hermana. Abel y Caín atraviesan el desierto y prefieren olvidar. Hasta que la memoria se hace presente, inevitable: el mar perdido vuelve y vuelve en la memoria de los hombres perdidos en aquella guerra que nunca quisimos perder. Nadie nos espera, el vacío es parte de nuestra identidad. ¿Por qué el mar no reclama por nosotros? Porque es una metáfora.

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