Columnistas

La maratón de Santa Cruz de la Sierra

Gracias a Marco Ortiz hoy tenemos la Maratón de Santa Cruz, como cualquier otra gran urbe del planeta

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

01:04 / 24 de septiembre de 2015

El pasado domingo, mientras en cinco departamentos de Bolivia la población asistía a las urnas para votar en el referéndum por los estatutos autonómicos de sus regiones, en Santa Cruz de la Sierra miles de personas vistieron de verde para disfrutar y cumplir su propio sueño urbano: tomarse la libertad de recorrer sus calles a pie, a la velocidad impuesta por sus cuerpos, en un contingente de hombres y mujeres en un solo sentido y sin obstáculos. Como antes dije, y ahora me lo repito y lo recordaré toda la vida, fue un día de fiesta. Nos falló lo imprevisible, aquello para lo cual nadie está preparado y te perfora con otro agujerito el corazón: la muerte joven de un deportista, tan lejos de donde debía estar, tan fuera de lugar.

Era un día de fiesta porque más de 5.000 personas caminamos, trotamos y corrimos en un mismo sentido, cada una con su propio objetivo realizado al llegar: hubo corredores profesionales; amateurs; padres y madres con niños de la mano o empujando cochecitos de bebé; corredores en silla de ruedas y mamás con panzas casi listas para nacer; caminantes enamorando; gente medio al trote y medio a pie; cincuentones, sesentones y setentones andando también; un papá que al pedido de su pequeño con síndrome de down se sentó en el pastito de la avenida San Martín acompañándose a calmar la sed; chicas que parecían de revista de moda con pestañas postizas a las que ni se les corría el rimel, pero llegaban a pasos gigantes y veloces como las que vestían de diario y llegaban de todas maneras, antes o después, triunfantes, vitales, iguales; jóvenes y adultos que habían entrenado, se prepararon o lo intentaban por primera vez; chicos y grandes que estudian, que son empresarios o trabajadores, que fueron en familia, solos o en grupo de amigos; cada quien con su historia y su propósito, todos mirando adelante, cada uno a su ritmo y con la misma gloria de cruzar la meta; acompañados de las familias y de los miles que salieron a apoyar, aplaudiendo y alentando a cada uno como si fuera propio y único.

Yo felicito a los organizadores, porque me sentí feliz y orgullosa, por mí, por mi familia, por los miles que se dieron permiso de liberarse. Me alegré de que algo así sucediera en la ciudad que vivo, y que no fuera un acontecimiento que miramos inalcanzable en otros lados o por Tv; de que el domingo fuera el gran desafío mundial local del año de tantos desafíos dominicales a los que nos fue acostumbrando Marco Ortiz, un deportista meritorio, perseverante, trabajador, sin cuya iniciativa esto no hubiera comenzado, esta posibilidad gratuita de recuperar las calles de nuestros barrios, de apropiarnos en comunidad o en soledad de los domingos tempranito anotándonos para movernos y aportar a la solidaridad, lejos de un bingo, una rockola o una noche sin final.

Algo que pocos saben, posiblemente, es que sin Marco Ortiz ni siquiera habríamos tenido una carrera universitaria de Educación Física en la universidad pública cruceña, y que hoy gracias a él tenemos la Maratón de Santa Cruz de la Sierra, como cualquier otra gran urbe del planeta que sale a festejar a sus corredores, porque la vida está en las personas y en su efecto multiplicador de moverse para competir o para recuperar la salud perdida, moverse para prevenir los males del sedentarismo o para lucir mejor; moverse para mejorar la condición física o para reaprender a querer el espíritu en un físico más sano; moverse para respetar un poco más al único cuerpo que se tiene; moverse para ejercer naturalmente como seres vivos, libres, conscientes de nuestra corta eternidad.

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