Columnistas

Sobre lo maravilloso

La belleza, a los dioses gracias,  tiene varios rostros, olores, colores y procedencias

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Castro Arze

01:45 / 10 de diciembre de 2014

Ahora hay quienes afirman que La Paz en realidad no es una ciudad maravillosa. Y para consumar esa descalificación la comparan con Praga, París o Roma. Al parecer lo maravilloso es una exclusividad de las ciudades del norte y además bendecidas por la sacrosanta cultura occidental, que en realidad es una ficción, como alguna vez dejó entrever Gandhi, cuando a la pregunta de qué pensaba sobre Occidente, con su inocultable sabiduría respondió: “me parece una buena idea”.

En efecto, Praga, París o Roma son ciudades maravillosas, puedo dar fe de ello, pero también lo son las “otras”. En ese “también” creo encontrar el sentido plural y verdaderamente universal o ecuménico de lo maravilloso. Y en “otras”, obviamente la otredad, el valor y reconocimiento de lo diferente, de lo que es ajeno a lo dominante. Y la belleza, a los dioses gracias, tiene varios rostros, olores, colores y procedencias. Es la maravillosa diversidad, sin ella sencillamente este mundo sería el infierno de un cuento de Borges.

Edificar una ciudad en la geografía paceña es la más maravillosa muestra de que la vida es un milagro consumado por hombres y mujeres que se empeñan en hacer perdurar la existencia humana frente a cualquier designio o adversidad. Ese entramado palpitante de culturas e identidades que se entrecruzan y frecuentemente confrontan, es el flagrante itinerario de un difícil, pero maravilloso y desafiante, caminar-aprendiendo-a-vivir-juntos, el sueño más viejo de la humanidad-humanidad, no solo de Occidente.

De Río de Janeiro se dice que fue Dios quien puso el entorno natural que también la hace maravillosa. En La Paz seguramente fueron otros dioses, de rostros más cobrizos tal vez, pero con seguridad imbuidos por los mismos propósitos quienes erigieron el Illimani; o quizás, dando rienda suelta a su divino desenfado, hicieron posible el Valle de la Luna con sus caprichosas e inigualables formas.

Pero eso solo es lo tangible, porque ni duda me cabe, en La Paz también reinan, “vivitos y coleando”, seres y hechos de otros tiempos. Historia y memoria, plenas de luces y sombras como la vida misma y que igualmente la hacen una ciudad maravillosa, terrible y pavorosa. Porque la belleza no es simétrica, armónica ni asépticamente quirúrgica. Ella, la subrepticia belleza, nuevamente a los dioses gracias, es solo y maravillosamente a la vez, un reflejo de lo que nosotros somos.

Al final un posdata urgente para la también cuestionada La Habana, que en los 80 amorosamente cobijó andares y sueños míos, pero para ello acudo a unos versos de Fernández Retamar que con seguridad hablan mejor que yo: “Ahora lo sé, no eres la noche: eres una severa y diurna certidumbre”.

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