Columnistas

8 de marzo

Necesitamos políticas y decisiones públicas que valoricen todo el trabajo que las mujeres hacemos.

La Razón (Edición Impresa) / Elena Alfageme

01:05 / 15 de marzo de 2017

Un 8 de marzo de 1908, 15.000 trabajadoras textiles protestaron por las penosas condiciones de trabajo que tenían en el estado de Nueva York. Más de 100 años después, las condiciones han cambiado, pero continuamos enfrentando retos y desigualdades que se generan en todo el mundo. Y aunque cada país y región atiende a una diversidad y variedad de situaciones, vulneración de derechos y desigualdades, continuamos teniendo en común que las mujeres hoy en día seguimos a cargo de la reproducción de la vida y de los cuidados, no visibilizados y no remunerados, aún más en los últimos años tras la crisis de los Estados.

Las mujeres nos hemos incorporado al mercado laboral de forma creciente en los últimos 50 años, pero seguimos cobrando menos que los hombres por el mismo trabajo (casi un 30% menos de media mundial); estamos ampliamente representadas en la economía informal, que es aquella que no computa para las economías nacionales, sujeta a mayor inestabilidad, y por tanto, las mujeres que trabajan en ese sector no reciben protección social del Estado ni beneficios como pensiones, bajas médicas (por enfermedad, maternidad, etc.) o seguridad social.

Sin embargo, somos nosotras quienes movemos y reproducimos el mundo. En Bolivia, las mujeres se han ido incorporando al mercado laboral formal (lentamente, pues entre 1999 y 2012 la participación femenina en el trabajo formal urbano fue de solo 0,6%) e informal (se estima que éste abarcaría hasta un 80% de la economía boliviana), sin abandonar el trabajo de cuidado de niños y niñas, adultos mayores y dependientes, y de reproducción de la vida (elaboración de alimentos, limpieza de los hogares, etc.). Nuestra incorporación al mundo laboral no es en sí misma causa de empoderamiento económico si el sistema capitalista, patriarcal y depredador no cambia.

Necesitamos, por tanto, políticas y decisiones públicas que valoricen todo el trabajo que las mujeres hacemos y que está invisibilizado (cuantificación del trabajo doméstico en las cuentas nacionales, como señala el artículo 338 de la CPE; salarios mínimos para el trabajo de cuidado que actualmente no es remunerado, subvención de canastas de cuidados, o productos destinados a los cuidados exentos de IVA), y que protejan a las mujeres que trabajan en el ámbito informal y están desprotegidas, de manera que se pueda eliminar la brecha salarial existente entre hombres y mujeres. Necesitamos que cambie el sistema actual que prioriza la acumulación del capital a costa de invadir territorios, agotar bienes naturales de los pueblos indígenas (muchas veces cuidados y protegidos por las mujeres), y extenuar una mano de obra barata.

Si a toda esta invisibilización y desvalorización económica le sumamos que nos están asesinando, lo cual se refleja en la escalofriante cifra de 104 feminicidios en Bolivia en 2016, y que es una tendencia al alza en los primeros meses de este año; o que el Estado sigue prohibiendo el derecho a un aborto seguro, pese a que en Bolivia los abortos inseguros son la tercera causa de mortalidad materna, todo parece indicar que nuestras vidas valen menos, o que directamente no valen para este sistema heteropatriarcal capitalista. Por eso y mucho más, si nuestras vidas no valen, debemos manifestarnos cada 8 de marzo, en memoria de las compañeras que hicieron huelga hace más de un siglo, y de las actuales que ya no están con nosotras.

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