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En mayo, abril

Joaquín Sabina nunca deja de decir cosas que muchos piensan, pero nadie las pronuncia

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 08 de mayo de 2016

En mayo, uno termina preguntando y susurrando en coro: “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, Es decir, se acuerda de Joaquín Sabina, quien en los últimos tiempos se dedica a esbozar Garagatos (sic), o sea, a dibujar y pintar eso que define como “garabatos domésticos”; puesto que, para este bohemio, un garagato es “un animal de compañía”. Sabina garagatea, pues, fiel a su estilo, como lo hace lúdicamente cuando canta fraseando al entonar una de sus letras, sobre todo las de aquellas canciones himnóticas, definidas así por su carácter de himno. Fraseando porque perdió la voz más que la vida; de esta última le quedan más de cuatro de las siete típicas que aquejan a los (pela)gatos; de la otra le sobran las ganas (gatas) de escribir, y ahora de dibujar/pintar.

Cumplió 66 años y le falta otro seis para tener el sello de lo que es: mezcla de Luzbel y Lucifer: pura lucidez. Y estos días debe estar dichoso silbando el himno que le dedicó a su equipo, el Atlético de Madrid, porque se clasificó a la final de la Champions League derribando mitos: al Barça y al Bayern. No por nada en esa canción/ homenaje se estriba un repitillo: “Qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de sentir, qué manera de soñar, qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de palmar, qué manera de vencer, qué manera de vivir, qué manera de subir y bajar de las nubes, ¡que viva mi Atleti de Madrid!”. Un estribillo que puede alimentarse con su versión optimista del pesimismo: “tenemos más de cien palabras, más de cien motivos para no contarnos de un tajo las venas”. En fin. En junio espero escribir sobre otra hazaña del equipo del Cholo Simeone y del Mono Burgos en el partido definitivo del 28 de mayo.

En su mirada irónica de las cosas y la irreverencia a los íconos de la fama, Joaquín Sabina nunca deja de decir cosas que muchos piensan, pero nadie las pronuncia, y menos denuncia —es un decir— de manera pública; como por ejemplo su queja contra las redes sociales digitales en una de sus facetas negativa y neurótica mitómana megalómana autista y minimalista: las selfies. Y qué dice Joaquín Sabina al respecto: “Voy a pedir a muchos artistas que firmemos una carta a los periódicos pidiendo la pena de muerte para el que inventó los selfies, (porque) nos ha cambiado la vida de una manera atroz. Ni siquiera tiene que ser alguien que ha escuchado tus canciones y las aprecie, sino que basta que alguien crea que eres un famoso”.

Ese comentario me hizo recordar que, hace unos meses, Homero Carvalho contó en las páginas de este diario una sabrosa anécdota que refuerza la crítica sabinista. Apenas terminó la presentación de una antología de poesía elaborada por el “poeta movima” (como hace años le gustaba presentarse a Homero), un par de mujeres (bien arregladitas) se acercaron y le pidieron sacarse fotos; primero con la madre, luego con la hija; después ambas colgadas de cada brazo del artista, y así sucesivamente. Y al final, la pregunta metafísica malaleche de las casuales fans literarias: “Y usted, ¿cómo se llama?”.

Era para poner su nombre en las fotos que publicarían en sus cuentas de Facebook. Y Homero, talento desbordante y chispa tropical, les dijo en venganza: “Mohamed Alí”, mientras clavaba versos como espinas en las nucas de esas mujeres.

No es casual que los artistas talentosos sean sensibles a los efectos nocivos de la invasión smartphónica, una postura que va a contramano de las ventajas que obtienen algunas figuras políticas cuyo éxito sería impensable sin la devaluación de la esfera pública como un espacio posible y deseable para la argumentación. Pienso en Donald Trump, porque una caricatura se ha convertido en la candidatura favorita en EEUU y cuya victoria electoral nos obligaría a escuchar un réquiem en vez de cantar un himno.  

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