Columnistas

Del medio año al año nuevo

Trae consigo una especie de esperanzas, anhelos, ilusiones y el inicio de nuevos proyectos

La Razón / Félix Layme Pairumani

00:01 / 01 de enero de 2013

Un amigo pregunta: ¿Para ustedes qué es el año nuevo? El tirsu. ¿Y qué es eso? El medio año. Y continúa: ¿Por qué siempre nos dividimos, es que no podemos ser uno solo? Porque en la Naturaleza todo es dos en uno. Las preguntas y respuestas continuaron hasta que el tiempo tuvo que amainarlas. Sin embargo, es bueno considerar el tema y sobre todo lo que fue el año viejo y el significado del año nuevo. Hay que meditar que todo tiene su mitad, todo es dos, y luego este puede ser cuatro. El año que se conoce tiene dos mitades, cada uno de seis meses y éstos a su vez se dividen y tenemos cuatro estaciones.

El origen del año nuevo es el corolario de los calendarios y éstos, a su vez, provienen de conocimientos astronómicos y matemáticos. Todos los pueblos —sumerios, caldeos, asirios, griegos, romanos, mayas, aztecas y andinos— tuvieron sus calendarios. Después hasta la revolución francesa tuvo su calendario, el Vaticano también lo tuvo.  Por eso, porque el calendario va más allá, aquí sólo se precisará en el año nuevo y viejo.  Aunque ambos son como una moneda, será en otra ocasión.

El cambio de año fue tan diverso en el mundo como los pueblos. Ya en el año 153 a.C. un Senado romano había declarado el 1 de enero como el primer día del año. En el occidente, para el mundo católico, el Papa Gregorio XIII, en 1582 dispuso que el año nuevo sea el 1 de enero para 1583. Aunque esa propuesta tiene error de cálculo, de acuerdo con el astrónomo Johann Kepler. Pese a ello se mantuvo la fecha y fueron adhiriéndose muchos países, hasta que en 1917 Rusia también se sumó para festejar el 1 de enero como el año nuevo. Antes lo habían hecho en 21 de marzo y 1 de abril. Los judíos festejaban entre septiembre y octubre, los chinos entre enero y febrero, los años nuevos varían porque están sujetos —de acuerdo con la concepción de tiempo— a lo religioso y a los ciclos agrícolas. Para los mayas el año termina el 21 de diciembre. Para el mundo andino, desde milenios, el año nuevo estuvo ubicado en el solsticio de invierno. Desde 1973 recuperan el festejo cada 21 de junio en Tiwanaku. En 2004, en Argentina, bajo la Ley 1550 se instituyó festejar el año nuevo andino la misma fecha.

El año viejo se lo ha visto, se lo ha vivido, se puede evaluar y festejar resultados. El año nuevo es un empezar. Hay que festejar al que se va y recibir al que viene. Al primero se festeja y al segundo se recibe con júbilo. Festejo es regocijo, júbilo y alabanza, el segundo llega y se recibe aunque uno no sabe qué pasará. Todo tiene su mitad. El otro —el año andino— ha empezado hace seis meses, también se debe festejar en la concepción indígena. Alcanzar el medio año es un mérito. Mientras unos festejan lo alcanzado, otros los reciben y festejan el nuevo año, o los dos a su vez.

Cuando un aymara está alcanzando un ritual en agosto a sus dioses, eso es un plan no escrito. La simbolización de los productos y objetos diseñados en los manjares de los dioses lo dice todo. Cuando el jilaqata de una comunidad asume el mando, la comunidad desea de su nueva autoridad el bienestar, y éste lleva un conjunto de solicitudes mentales, es una decisión, por eso se cumple.

Cada cultura lo festejará de acuerdo con sus tradiciones, así como cada persona tiene sus propias creencias y simbolismos de propósito, suerte y deseos para los otros. Algunos llaman ritos y supersticiones del año nuevo. Pero trae consigo una especie de esperanzas, anhelos, ilusiones y el inicio de nuevos proyectos.

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