Columnistas

El mejor poema de Parra

Mientras leemos, el poema nos dice que no nos tomemos muy en serio, que esto de la vida es una broma

La Razón / Wálter I. Vargas

00:51 / 17 de diciembre de 2011

La prestigiosa revista literaria Letras Libres ha pedido a algunos escritores que escojan el que consideran como el mejor poema de Nicanor Parra, como homenaje al recientemente premiado poeta trasandino. A manera de volver a viejas lecturas, ¿por qué no meter mi cuchara en el tema? Tengo dos libros de Parra, las dos antologías. Una, regalo inteligente de mi perspicaz exmujer, es de 1991, y de ella diré un par de cosas luego. La otra es la preparada en 1969 por el mismo Nicanor para una editorial chilena, y que es conocida como Obra gruesa. Libro que, lo digo sin el menor escrúpulo, “le hice dormir” (id est, le robé) en los años ochenta a Óscar García (además, si acaso éste leyera estas líneas y pretendiera reclamármelo, no podría hacer nada: el delito ha prescrito años ha).

La principal virtud y ventaja de esta obra gruesa consiste en que es delgada. Es, para usar el nombre cómico de la revista Letras Libres, una antología incompleta, es decir, tiene lo mejor y le falta lo peor. Esto hace que se la pueda leer en cama, como se debe leer la poesía, y sin que los brazos protesten al cabo de algunos minutos, como ocurre con las intimidantes obras completas (el primer tomo de las de Parra tiene 1.200 páginas), que lucen mejor en los estantes de los coleccionistas de libros.

De esa antología yo hubiera copiado La víbora, o El túnel, pero son muy largas. Así que me quedo con Solo de piano:  “Ya que la vida de un hombre no es sino una acción a distancia/un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso/ya que los árboles no son sino muebles que se agitan/ no son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo/ya que nosotros mismos no somos más que seres/ (como el dios mismo no es otra cosa que dios)/ ya que no hablamos para ser escuchados/ sino para que los demás hablen/ y el eco es anterior a las voces que lo producen/ ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos/en el jardín que bosteza y que se llena de aire/un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir/para poder resucitar después tranquilamente/cuando se ha usado en exceso de la mujer/ya que también existe un cielo en el infierno/dejad que yo también haga algunas cosas:/ yo quiero hacer un ruido con los pies/ y quiero que mi alma encuentre su cuerpo”.

¿No es bueno de veras? Ahí está inconfundible ese tono que hizo de Parra un poeta original; ese tono que mientras leemos el poema nos está diciendo todo el tiempo que no nos tomemos muy en serio, que esto de la vida es una broma sin cuento y, como buena broma, divierte, así que quizá valga la pena vivirla.

Se puede hablar largamente, como los profesionales del caso, de los lugares comunes, también del caso, de estos textos: el prosaísmo, la tendencia a narrar, el humor; el habla popular, etc.; se puede, pero no se quiere. Sólo diré que ése es para mí el mejor Parra, el de la gran novedad de los antipoemas. Después se dejó llevar demasiado por la facilidad del chiste y la ocurrencia. Y claro, detrás, como ocurre siempre en la historia del arte, se abalanzaron los poetas menores de toda laya para hacer más de lo mismo, provocando el aburrimiento.

Se puede obtener una imagen de este mal Parra en esa antología de 1991. Ahí están por ejemplo esos dibujitos con leyendas no muy inteligentes que llamó artefactos, y que quizá podrían hacer el servicio de dar mejores ideas de grafitis a las Mujeres Creando, pero nada más. O el juego de palabras baladí, al cual después de todo siempre estuvo demasiado tentado. En cambio, esos antipoemas de los años cincuenta conservan lo que los hizo estupendos.

En fin, que está bien que a Parra le hayan dado el Cervantes. En cuanto al Nobel, yo estoy plenamente de acuerdo en que también se lo den, con la condición de que en el mismo acto se lo quiten a la Mistral, para desagraviar a la poesía (finalmente la señora no tiene posibilidad de enterarse).

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