Columnistas

A la memoria de Mabel Rivera Salinas

Mabel nos deja el recuerdo de su obra y la esperanza de que un día hemos de volver a reunirnos

La Razón (Edición Impresa) / Julio Ríos Calderón

01:45 / 27 de mayo de 2015

La directora de teatro Mabel Rivera Salinas, nacida en 1934, esposa del destacado periodista Mario Castro, falleció días atrás a consecuencia de una aciaga enfermedad.  “¿Dolor, dolor, dolor,/conoces el dogal/ que anuda las gargantas/ que se dicen adiós?”, escribió Franz Tamayo. La muerte de Mabel nos duele. Duele ver a su círculo íntimo, su esposo, el destacado periodista Mario Castro, a sus hijas Carmen y Marcela, y a sus nietos.

Dirigió durante varios años el Taller Nacional de Teatro (TNT) dependiente del Estado, y el grupo de teatro El Arlequín, elenco que se presentó semanalmente por Canal 7 durante casi 13 años.

Practicó la virtud de enseñar desde la niñez el cumplimiento de dulces obligaciones que, casi siempre, se permitían entrever en puestas de escena teatrales en nuestros centros culturales. Fue útil en tantos emprendimientos, que éstos adquirieron a nuestra mirada un relieve y un valor inexpresables.

Abrió, junto a Martha Torrico, el Estudio de Artes para la formación de niños en teatro. Después presidió el Taller de Teatro para Niños del Instituto Boliviano de Cultura (IBC). Fue directora del Departamento de Teatro de la Secretaría Nacional de Cultura en 1997. Fue responsable, junto a Hugo Ara, de la exitosa obra El Hombre de la Mancha, presentada en 1989 y basada en la obra Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

Su vida, entonces, se ennobleció, mas su alma descubrió horizontes de universalidad insospechados de arte y cultura. De su mano, que siempre enseñó a andar a muchos, y de la mano de la fe y de la esperanza, caminó hasta el final. De esas lecciones; que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro, hacia esa hermosura; de esa bondad y de ese del espíritu que no menguó, disfrutamos quienes sentimos devoción por el arte.

Iluminó esta vida, insinuante de revelaciones, la experiencia en el género literario que comprende las obras concebidas para un escenario ante un público, así como a la edificación donde ella presentó un sinnúmero de obras.

Los recuerdos en torno a todo lo que construyó serán verdaderos homenajes de quienes quedamos en este sinuoso e inquietante camino de la vida. Recibió una medalla al Mérito Cultural otorgada por el Gobierno de Bolivia en 2006. En su tiempo como directora de teatro para niños montó varias obras exitosas, una de ellas, Pelusa rumbo al Sol.

Bien visto, todas las vidas son inconclusas y solamente cuando se entregan a los amigos éstos las terminan, como un artesano, dándoles la forma definitiva de su verdad y su esperanza. La última de esta historia de Mabel Rivera Salinas, de la que no podemos ahuyentar la tristeza, nos impone ser fuertes para seguir luchando y para aceptar nuestro destino con dignidad y sin temor.

La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; y no basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces, la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Mabel nos deja el recuerdo de su obra, de su ejemplo y la esperanza de que un día, por la bondad de Dios, hemos de volver a reunirnos para siempre en el Oriente Eterno. 

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