Columnistas

La memoria no es un lugar seguro

Hasbún es el mismo de siempre: de voz pausada, tranquilo, inadvertido, curioso; como su literatura

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

03:15 / 10 de junio de 2015

La caseta de la editorial Penguim Random House es la última de la Feria del Libro de Madrid. Después de caminar más de media hora te encuentras al Tico —camisa a cuadros clara— leyendo un libro bajo un rótulo que dice “Rodrigo Hasbún está firmando”. Las viejas señoras le agobian con precios y títulos y el cochabambino responde: “pregunte a aquella señorita”. Hasbún acaba de publicar en España su segunda novela, Los afectos. Reside en Houston desde hace unos meses después de vivir en Santiago, Barcelona, Ithaca y Toronto. Se ha casado con una chica de Trinidad y Tobago de raíces hindúes. “Ch'enko total, ch'enko total, a ver como digieres la paella conceptual”, como canta el Papirri querido.

Hasbún es el mismo de siempre: de voz pausada, tranquilo, inadvertido, curioso; como su literatura (silenciosa). Pareciera que se mira con distancia. Como el fútbol del Mostaza y el Cholo, va paso a paso. De publicar en editoriales independientes de Bolivia (El Cuervo), Perú (Santuario) y España (Demipage), ha llegado a las ligas mayores (ese monstruo transnacional). Ya no es una promesa.

Los afectos cuenta la historia de los Ertl, alemanes refugiados en la Bolivia de los 40. Un padre explorador (excamarógrafo de Leni Riefenstahl) en busca del Paitití termina resignado en la hacienda Dolorosa (en la Chiquitanía); una hija en la guerrilla y una familia en descomposición tratan de sumar nostalgias que no sirven. Monika Ertl, la vengadora del Che, la que asesina en Alemania al verdugo Toto Quintanilla, es una extraña ante sí misma, una casi boliviana, una hija de padre fantasma. La mezcolanza entre intimismo, exotismo (¿todavía somos paisaje y llamas?) y política cae como anillo al dedo al gusto dominante: la chapa de “literatura latinoamericana” sigue vendiendo y necesita tinta fresca.

Los personajes de Tico siempre son los mismos: hombres y mujeres de silencios. Dicen que los grandes autores escriben siempre el mismo relato. Hasbún no es la excepción. Sus personajes parecen fuera de lugar, extraviados. En sus cuentos (Cinco, 2006; Los días más felices, 2011; y Cuatro, 2014) hay sexo frío, fracasos y pequeñas alegrías olvidadas. Pasa lo mismo en su primera novela, El lugar del cuerpo (2007). Hasbún narraba entonces sobre sus experiencias, su familia, sus amigos. Ahora ha dado el salto a la no ficción, esa moda que entremezcla realidad y toneladas de invención. Así, de su entorno ha pasado a otra familia idéntica: los Ertl.

No obstante, el sexo sigue siendo frío, lacónico, elemental, sin pasión. Los desencuentros y las pérdidas ganan por goleada. El miedo reina, miedo a lo que está fuera del presente, miedo a simplemente sentir miedo. Es el signo de nuestros tiempos y Hasbún triunfa con la receta de los otros. Pero el estilo no se negocia: correcciones eternas hasta podar casi todo, parquedad sin adornos, visión entre pesimista, triste y existencial (con muchísimas más preguntas e incertidumbres que respuestas y creencias), diálogos precisos, narración justa. “Solo es posible saber quiénes son los otros”, dice un personaje de Los afectos. Por eso escribe Hasbún y quizás por eso ha construido un universo particular y paralelo, para olvidarse de sí mismo y todo lo que fue: un sueño.

¿Qué tan cerca y lejos estamos de nuestros familiares? ¿Cuánto nos une y separa de ellos? ¿Qué encuentras cuando fracasas? Pensamientos inútiles, dosis íntimas de horror. ¿Hay alguien que le vaya bien en el amor? ¿Por qué somos incapaces de mantener conversaciones verdaderas? ¿No sentir nada es sentir algo? Preguntas y más preguntas: el sino de nuestra era. Y alguna respuesta: “no es cierto que la memoria sea un lugar seguro, ahí también las cosas se desfiguran y se pierden, ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”.

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