Columnistas

El mensaje de Sucre

Añoraba el Mariscal que sobre nuestras sociedades no se erigieran otra vez nuevos dominadores

La Razón (Edición Impresa) / José Félix Díaz Bermúdez

00:02 / 15 de enero de 2016

Una vez un poeta de insigne pluma escribió haber soñado hablar con Sucre anciano. El Mariscal hablaba… y de él fluían recuerdos, angustias y esperanzas…, anteponía con decidido acento en su diálogo hermoso la virtud y el deber, y sus palabras eran, como su vida toda, un tributo admirable para la República, nunca el baldón ni el predominio sobre otros, nunca la exigencia de privilegio alguno…, solo el servirles, solo el respeto de sus conciudadanos.

Revisaba su inmaculada vida, intensa y admirable, que fue un aliento de juventud maravillosa, y que inspirada por la libertad había luchado en tantas partes, donde preciso era alcanzar los derechos, asumir deberes, implantar la ley, fundar la República, defender y salvar la humanidad humillada, sujeta a las cadenas de sus dominadores.

El Mariscal hablaba… Su vida iluminaba como un fuego sagrado, brillante de esperanzas tras afanes constantes, en una lucha interminable que fue preciso sostener hasta que la victoria civilizadora acabase, una y otra vez, con heroica constancia, el empeño obstinado de los que no deseaban el destino del mundo igualitario, soberano y libre.

Meditaba el noble Mariscal…, y por sus pensamientos se angustiaba su alma, y su voz se templaba para advertir a otros, que no se desconociesen, que no se destruyesen, que no se traicionasen tantos esfuerzos y tantos sacrificios, de tantos años en los cuales se quería una patria, se quería ser libres, se quería ser dignos de la nueva humanidad.

Añoraba el Mariscal que nuestras sociedades se afirmasen y que sobre ellas no se erigieran otra vez nuevos dominadores, que como los antiguos se impusiesen, y que sobre las hazañas libertadoras se erigieran las nuevas conquistas, nuevos arrebatos, nuevas desolaciones, nuevas injusticias, nuevas opresiones; y que la patria padeciera sojuzgada esta vez por sus propios hijos, más crueles e implacables que los anteriores.

Pero al mismo tiempo el Mariscal soñaba, esperaba y creía…, mirando en las montañas y en los cerros de América que se le asemejaban al Pichincha, al Condorcunca, al Potosí; intuía el desfile de sus hombres en pos de las banderas de la gloria y que de nuevo se marchase con ejércitos de pueblos cargados de idealismo y de fe, de carácter y determinación, de legítima verdad y de justicia; y que ellos fuesen finalmente los que determinasen la historia del presente, la historia del futuro de la América libre, la América sin amos, la América sin dueños, la América de la lección profunda bien aprendida, la recta conciencia al pensar y al hacer, la América lograda para todos sus hijos.

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