Columnistas

El mercado

El Estado debe intervenir para lograr un equilibrio entre los intereses corporativos y el bien común

La Razón / Pablo Rosell Arce

02:09 / 09 de febrero de 2012

Cada cierto tiempo algunos de mis colegas economistas reflotan los viejos (no) debates de los 80 sobre las virtudes/defectos del “Estado” vs. “el mercado”. Pues este servidor decidió hoy meterse a tan insondable piscina, para aportar al (no) debate.

Lo primero que mucha gente evoca al escuchar la palabra mercado es, probablemente, el Merlan de La Paz, el Abasto de Santa Cruz, la Cancha cochabambina, etc. Y esencialmente, el mercado, en su acepción moderna, es eso. Es el espacio (físico o virtual) donde se compran y venden cosas. Desde cebollas hasta audiolibros digitales.

En nuestro país, no está en discusión el hecho de que nuestras relaciones económicas se ejecuten en el mercado. Pero hay mercados y mercados: como el de la feria 16 de Julio de El Alto, donde usted va y se compra muebles, colchones, accesorios, ropa, utensilios de cocina y una impresionante variedad de artículos, decidiendo entre los precios más convenientes de acuerdo con la oferta. Por otro lado, está el mercado del autotransporte urbano paceño, que en las horas pico le obliga a usted a batallar para subirse a una movilidad obsoleta, con un chofer que a veces hace su recorrido completo, a veces no lo hace, pero igual le cobra la tarifa completa. Y usted no tiene opción, porque no llueven minibuses del cielo para llevarle a su destino. Y está el mercado del azúcar, que hizo tambalear el presupuesto de las familias bolivianas el año pasado. También está el mercado del pan de batalla, la paceñísima marraqueta, donde se avizora una amenaza de aumento de precios.

Pero el mercado es sólo un instrumento de intercambio; y como todo instrumento —una sartén, por ejemplo— depende de quién agarre el mango. En el mercado de DVD hay tantos vendedores y compradores, que difícilmente podemos encontrar alguien que pueda concentrar poder suficiente como para “agarrar el mango” y modificar los precios a su antojo.

En el mercado del autotransporte paceño, tenemos a la poderosa federación sindical de transportistas, que no es más que una patronal de los dueños de las flotas de minibuses y buses de servicio urbano, que tiene el poder de bloquear las calles de la ciudad para (por poner un ejemplo) enfrentarse contra los reguladores viales de la Alcaldía. Y en el mercado de la marraqueta tenemos a las asociaciones gremiales de panaderos (una patronal de dueños de hornos), que tiene el poder de decidir la suspensión de la producción de marraquetas en La Paz, para negociar un aumento de precios.

Si el Estado no interviene o interviene poco en el mercado de los DVD, no va a cambiar esencialmente la vida de usted o la mía, puesto que nadie está disputando el poder de los precios allí. En todo caso, regulará el uso de los espacios públicos y las condiciones de instalación del negocio de DVD. Pero si el Estado no interviene en el servicio de transporte público, usted tendrá choferes que cumplen los recorridos a su antojo, que incumplen normas de seguridad y una larga lista de abusos; amparados en el poder corporativo de su patronal de dueños de flotas de minibuses. Y si el Estado no interviene en los mercados de alimentos, por ejemplo granos, aceites, pan de batalla, etc., las patronales de productores de estos artículos moverán los precios a su antojo, desfavoreciendo a nosotros, los consumidores.

Entonces, el debate no es “Estado vs. mercado”, sino “bien común vs. intereses corporativos”. Lo deseable, en mi opinión, es que el Estado intervenga en los mercados para lograr un equilibrio entre los intereses corporativos y el bien común (o el vivir bien, si usted. lo desea). ¿Cómo hacer para que la intervención equilibre esas relaciones de poder? He ahí el arte.

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