Columnistas

Las metáforas del signo

La poética de Aruquipa está signada por las sombras que van descifrando la vida y la propia literatura

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 15 de enero de 2015

Javier Domingo Aruquipa Paredes firma sus poemarios simplemente como Aruquipa, y su apellido ya se proyecta en el mundo de la literatura nacional. Tengo dos libros de él, Saudade y Las sombras. El primero de ellos es un poemario de celebración y un canto de amor, dividido en 26 poemas dedicados a su esposa y a su hija; en realidad a la ausencia de ambas, y por eso el nombre: Saudade, esa palabra portuguesa tan linda y con tanto significado. En el prólogo, el mismo poeta nos cuenta que el primer libro que le regaló a su pequeña fue Mar de sueños de Yolanda Bedregal y que “apenas tenía diecinueve días de nacida y ya la invitaba a compartir el amor por las palabras”, el poeta legando su herencia más preciada: las palabras.

Para Aruquipa, Saudade es “el canto solitario que entraña a la niña y a la mujer que no están; la negación de saberse desolado en la ausencia, bajo el amparo de las palabras y su lumbre; la puerta abierta a la nostalgia, alimentada por los recuerdos de pequeños encuentros con lo real”, y por eso en Heliotropos recuerda sus ojos negros, la bufanda, el cabello… de Eugenia. Le duele tanto la ausencia que en Concepción el poeta nos dice: “En un punto perdido de tu conciencia / donde yace el olvido, / me quedé arrimado a ti, encaramado como un  niño / en posición fetal, / esperando la luz” y en Nostalgia: Penden tus pupilas / de mis ojos/ que te miran”.

En Las sombras, el otro poemario que Aruquipa me obsequió una noche bohemia después de leer poemas en la tradicional calle Jaén, junto a poetas como Humberto Quino y Benjamín Chávez, en un escenario colmado de jóvenes, descubrí que su poética está signada por las sombras que van descifrando la vida y la propia literatura. Al decir de Virginia Ayllón, “este poemario es de una vasta complejidad interna ordenada por un enérgico juego de la palabra que concluye, precisamente, en la metáfora de la sombra como cifra de la escritura”. Así, en el poema Comala no existe, el poeta nos advierte que “los espectros / es decir / las imágenes de los muertos / que especulábamos raudamente / que creíamos poseían la forma / huyeron tan pronto se supieron convocadas para crearla” y luego afirma: “todo es sombra y niebla en Comala / nada en realidad ha existido / ni existe / cuando alguien habla / dice sombras por palabras”.

“Sombras por palabras” o palabras por sombras, que es la propuesta de Aruquipa que se refleja en el verso final del poema titulado La sombra de Yahveh: “por eso creo / que Dios dijo soledad / después que soñó / y nombró a Eva”.

Javier Domingo Aruquipa Paredes no solamente es un buen poeta, es también un buen ser humano y un gran gestor cultural que convoca a muchos jóvenes en actividades literarias que realiza tanto en la ciudad de El Alto como en La Paz; por sus veladas han pasado poetas consagrados y jóvenes vates, y lo hace con tal generosidad que asombra en un mundillo a veces tan mezquino como es el literario.

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