Columnistas

La metrópolis y su habitante

En las metrópolis los ciudadanos se están convirtiendo en solo observadores y oyentes de la vida urbana

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas *

00:47 / 11 de mayo de 2017

Uno de los desafíos de las urbes sigue siendo su transformación en metrópolis, pues eso significa desarrollo dentro de una visión de gran ciudad. Las metrópolis se conformaron a partir de la quinta década del siglo XX por su crecimiento demográfico excesivo y el número de territorios vecinos que se fueron acoplando. Empero, el universo de problemas que esa masa de ciudadanía trajo consigo en la vida urbana logró una implosión o una especie de crecimiento centrífugo poblacional.

Históricamente el término metrópolis se utilizó desde la Grecia antigua como centro religioso, económico y cultural de la región; mientras que en el imperio romano se denominó metrópolis a ciertas ciudades que sobresalían por su cultura y otros factores.  La metropolización ha sido ampliamente analizada en diferentes escritos y concebida como posibilidad para ciudades como La Paz,  que aspira desde hace décadas convertirse en una urbe metropolitana (incluyendo a El Alto y a otros territorios circundantes). Lo paradójico es observar cómo ese sueño, que fue retomado por las últimas gestiones municipales y hasta por la Gobernación actual (a inicios de su gestión), se ha ido desvaneciendo. Sin embargo, tendrá que ser retomado obligadamente en algún momento, por su importancia para esta ciudad.

Asimismo, algo que se debiera comenzar a estudiar es al habitante metropolitano, quien en los últimos tiempos ha empezado a recibir pautas específicas que le prescriben actitudes de comportamiento en las metrópolis, como por ejemplo aprender a entender nuevos modos de ser feliz en esas grandes ciudades. Mucho más en las megaciudades del siglo XXI, que están convirtiendo a ese ciudadano esencialmente “pasivo”. Tanto es así que expertos del comportamiento de la población en las grandes urbes afirman que la metrópolis contemporánea constituye un mundo donde las grandes masas de población, incapaces de alcanzar un medio de vida satisfactorio, se están tornando en oyentes y solo observadores.

De esa manera, la nostalgia del otrora espacio público en las grandes ciudades debiera motivar a ser repensado y a revisar su función en la vida urbana contemporánea, reconociendo que el actor más relevante no es otro que el ciudadano. En ese sentido, la transformación de ese espacio citadino no tiene por qué ser homogeneizada, sino que se debería retomar conceptos del mundo comunicacional sin imponer a la ciudadanía formas rígidas de vida urbana, pues así solo se creará un comportamiento desterritorializado en sus habitantes.

Cierto es, por otra parte, que el gigantismo es la dimensión predominante en las metrópolis, lo que conlleva el cambio de escala de los espacios citadinos. Esto y el dimensionamiento de su infraestructura de vías y carreteras (acordes a las grandes distancias), sumado al tiempo que tarda el habitante en transportarse de un lado a otro, no motiva al encuentro ciudadano, y por eso las megaciudades no conciben a esos lugares bajo una forma “pura”. A pesar de ello, en el vivir del habitante en cualquier urbe emerge el arraigo por los espacios socioculturales.

Es innegable que en la historia de las ciudades siempre ha existido la ensoñación por el progreso, y que ésta es la motivación del habitante de las metrópolis para exigir nuevas propuestas conceptuales en el vivir urbano, que además impliquen la reinvención del contacto ciudadano, aunque éste se enmarque en el espacio público de carácter efímero. Se debe tener presente que no existe individuo alguno que haya dejado de poner sus ojos en el futuro, pero siempre defendiendo primero su derecho a la vida humana en las ciudades.

* es arquitecta.

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