Columnistas

Una mirada al Cuerno de África

La tierra africana que mejor resistió el embiste colonialista no ha podido resistir el de la globalización

La Razón / Jorge Albuixech

00:22 / 19 de enero de 2012

Etiopía, la segunda nación más poblada de África, es uno de los últimos países del mundo en lo que a Índice de Desarrollo Humano se refiere. Un país en el Cuerno de África donde gobernó durante más de 30 años la deidad del movimiento rastafari Haile Selassie. Etiopía te da la bienvenida en su capital, Addis Abeba, con luces parpadeantes que parecen avisarte del choque cultural que se avecina luego de que el avión aterrice. Si uno opta por adentrarse en la Etiopía profunda, a precios irrisorios se puede viajar a lugares donde las terminales aeroportuarias no son más que cobertizos construidos con planchas metálicas. Uno de estos lugares es Bahar Dar.

Calles repletas de gente que no conoce el significado de la palabra estrés; docenas de triciclos motorizados que circulan por doquier; tierra roja que cubre las aceras y ayuda a distinguir a los peatones habituales de los esporádicos; algún blanco despistado que te mira furtivamente buscando complicidad; un hombre completamente desnudo pidiendo limosna en la puerta de una iglesia copta; guardas que dormitan en los jardines de las casas habitadas por forengys (extranjeros); bellos rostros femeninos tatuados con cruces y rayas; bazares que rotulan conocidas marcas en sus fachadas, pero que carecen de ellas; pies descalzos que identifican a quienes están tras las estadísticas de la ONU; burros y bicicletas, muchas bicicletas. Así es un paseo por las principales calles de Bahar Dar.

Sólo unos pasos separan a esa gigante televisión de plasma del niño semidesnudo que duerme resguardado en una glorieta. Las desigualdades crecen a medida que la globalización avanza; sin embargo, las grandes corporaciones se resisten a conquistar este recóndito lugar.

La expresión ser un blanco perfecto cobra sentido, y no precisamente en su matiz racial. El blanco de muchas miradas, el blanco de la mendicidad, el blanco de los mosquitos, el blanco de aquellos que buscan ganarse la vida brindando su ayuda al forengy y, en definitiva, el blanco que trajo el capitalismo y la esclavitud. El color de piel te delata.

La afluencia de voluntarios, ONG y constructoras asiáticas ha impulsado la creación de una red de hoteles y restaurantes para encerrar al forengy en su burbuja occidental. Con todo, una mirada hacia fuera desde la ventana del hotel te devuelve a la realidad: casas de adobe donde las mujeres muelen el grano y cocinan injeras con leña. La amarga injera se acomoda mejor en los delicados estómagos de los forengys cuando se comparte con un etíope, que te ilustrará en la maestría de comer con los dedos, algo que el progreso occidental se encargó que olvidaras.

En Etiopía, el tiempo no tiene prisa. Según el calendario etíope, seguimos en 2004, no hay mejor clínica de rejuvenecimiento. Sentirte siete años más joven cuesta menos de un dólar, el precio de seis fotos de carnet con la impronta del año etíope. Tras años de abstinencia informativa he vuelto a encender el televisor. El único canal del hotel, Al Jazeera News, me hace recordar que la globalización suele dejar huella en sus víctimas, y parece haber pasado por aquí. La tierra africana que mejor resistió la embestida colonialista no ha podido resistir el envite de la globalización.

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