Columnistas

Una mirada a La Paz

La singular geografía de La Paz le confiere a sus habitantes un profundo sentido de pertenencia.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:11 / 21 de julio de 2016

Desde siempre el arquitecto ha sentido una fascinación indiscutible por la comprensión del espacio en las edificaciones, pero también por el “natural”, donde se asientan los gigantes territorios de las ciudades. Ello por la influencia que tienen en su trazo y desarrollo urbano, y esencialmente por la topografía sorprendente que presentan ciudades como La Paz, rodeada de cerros; un desafío para la construcción. Esta urbe posee un territorio singular, cuya demanda de niveles planos es permanente. Un mapa expresivo, que si bien despliega cierta continuidad territorial, también manifiesta destiempo en la culminación de ciertos barrios habitacionales debido a su topografía, la cual exige —en muchos lugares— la construcción de grandes muros de contención.

A pesar de ello, La Paz es una ciudad cuya singular geografía confiere un sentido de pertenencia profundo a sus habitantes. Su centro histórico, delineado durante siglos y asentado en una estructura fundamentalmente lineal (siguiendo el curso del río), es el eje político más importante de este país. En un archipiélago de edificaciones en altura se concentran las actividades más relevantes de la vida económica, social y cultural de La Paz.   

Asimismo, sus laderas parecen mostrar no solo el agotamiento de todo espacio libre para el esparcimiento, sino también la desmesurada invasión de una corporeidad de construcciones que abarcan y estrangulan hasta el espacio público de sus callejones. Aun así, la población conserva la esperanza de un mejoramiento urbano para elevar su calidad de vida.

Tampoco se debe olvidar a aquellos barrios del ayer que fueron símbolos del desarrollo de la industria (Pura Pura), y cuyas fábricas quedan hoy como fantasmas o espacios abandonados que nos recuerdan que La Paz perdió todo sueño de convertirse en una ciudad pujante apoyada en sus distintas factorías, aunque no faltan otras que hacen la diferencia.

En contraste están los barrios de la Huyustus o la Buenos Aires, donde la pujante economía de una parte de su población es notoria, pues invierte su dinero en la construcción de edificios. Sin embargo, no faltan quienes para ello invaden parte de los espacios públicos, olvidando todo reglamento municipal. Tampoco se puede dejar de mencionar a la zona Sur, donde para algunos el reciclaje cultural es una realidad evidente. Empero, no cabe duda de que su nueva imagen urbana, con edificios en altura, comienza a consolidarla como otra “centralidad” de La Paz. De ahí que resulte necesario crear un espacio público con identidad singular, pero con un sentido y un rostro contemporáneo.

En cuanto a los últimos asentamientos habitacionales, éstos delatan que las avalanchas de pequeñas construcciones que parecen deslizarse desde la cima de los cerros necesitan planificación, de lo contrario, están destinados a convertirse en nuevos laberintos urbanos (laderas).

Con todo, el observar ciertos barrios de La Paz nos lleva a entender que esta ciudad no es una confluencia de repeticiones espaciales o formales, como sucede en otras urbes. Todo lo contrario, sus edificaciones asentadas en distintos ángulos sobre sus mallas urbanísticas crean imágenes en las que los conjuntos volumétricos (conformados por edificios de diferentes alturas y distintas direcciones) proyectan sombras entre sí cuando por ejemplo el sol brilla al mediodía, una representación mágica para los ojos que las observan. No cabe duda, una mirada a La Paz nos confirma que es una ciudad igual a todas, pero irrepetible.

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