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¿Por qué tanta cobertura a un solo caso y no a todos los presuntos feminicidios que se denuncian a diario?

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 30 de agosto de 2015

Esta semana ha sido imposible escapar de la historia. La hemos visto en las noticias, hemos leído sobre ella innumerables comentarios, opiniones, discusiones, insultos y cosas afines. Nos hemos puesto de un lado, del otro, hemos pedido justicia, reclamado imparcialidad, seguido y saboreado los chismes. Y es justamente en “la invasión de los imbéciles” (como califica Umberto Eco a las redes sociales) donde podemos encontrar las claves de esta telenovela, que tiene en vilo a los paceños desde hace más de una semana.

Clave número uno: nada bueno pasa después de las tres de la mañana. En especial si es martes. Si la víctima habría estado en su casa, junto a su hija, durmiendo con camisón de franela como una chica buena, no estaría donde está ahora (o sea, muerta). Bajo este argumento se esconde la idea de que la mujer está más segura bajo siete llaves, prisionera del miedo, del qué dirán, de sus propios hijos o de su pareja. ¿Qué pasaría si le diéramos la vuelta al argumento? El acusado no estaría donde está (preso) si en lugar de salir a bolichear un martes, se hubiera quedado en casa cuidando a sus hijos, que también los tiene.

Clave número dos: ella se lo buscó. ¿Acaso no han visto la película Obsesión fatal? Encima de estar de parranda en martes, estaba borracha e histérica, era obsesiva y para colmo ambiciosa, la pelea con el novio era porque le exigía plata. Bajo este argumento está otra lección importante: si quiere vivir, la mujer debe ser modosita, callada y “respetarse a sí misma” (lo que, en este contexto, significa no reclamar por sus derechos ni exigir explicaciones, ni decir lo que siente o piensa).

Clave número tres: el acusado es inocente hasta que se pruebe que es culpable. Tiene lógica. Es parte de todas las legislaciones vigentes. ¿Por qué entonces la víctima debe demostrar que ella no lo provocó, que ella no se lo buscó, que ella no se dejó matar por puro coraje y ganas de perjudicarlo? (todo se puede esperar de una mujer obsesionada y malvada, dicen. Y, estando muerta, es difícil que pueda defenderse).

Clave número cuatro: solo Dios sabe lo que realmente pasó, así que lo mejor es no meterse. No somos jueces. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Es curioso como, en este caso, el beneficio de la duda beneficia únicamente al sospechoso, dándole tiempo y recursos para desprestigiar a la víctima, para ganar adeptos y para organizar su defensa. Y lo más irónico es que todos los que abogan por escuchar a la contraparte y no saltar a conclusiones lo hacen mientras tiran piedras a la memoria de la muerta o a las convicciones de su madre y sus amigas “feminazis”.

Clave número cinco: o todas o ninguna. ¿Por qué tanta cobertura a un solo caso y no a todos los presuntos feminicidios que se denuncian a diario? ¿Por qué no se escriben artículos como este, y se hacen marchas de colores y se entrevista a los involucrados, sus mamás, sus abogados y sus exparejas en todos los casos de violencia? ¿O este caso es especial y goza de privilegios solo porque están involucrados un joven de dinero y la hija de una periodista? A esta clave sí puedo dar una respuesta inmediata: en Bolivia siete de cada diez mujeres son víctimas de algún tipo de violencia dentro de su casa. Si nos dedicáramos a demandar justicia por cada una de ellas, quizás lograríamos desterrar los serios indicios de machismo enquistado en hombres y mujeres que estas claves encierran. Pero son tantas que, si nos dedicáramos a demandar justicia por cada una de ellas, no habría tiempo para hacer ninguna otra cosa.

Es cineasta.

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